¡Diosito santo!

¡Diosito santo!

Nada más ajeno a la idea de Dios que la razón.

31 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

Como atea soy bastante inconsistente y como creyente, también. Partiendo de que sobre este tema ni yo misma me hago caso, les cuento lo que a menudo me da vueltas en la cabeza sin pretender convencer a nadie con mis razones. A propósito, nada más ajeno a la idea de Dios que la razón.

Me incomoda mucho el Dios persona, que es el que se inventa y promociona tanto nuestra especie a partir de sus fabulosas virtudes religiosas. Es ese Dios comerciante, político y masculino que se sirve de funcionarios para que hagan proselitismo a su favor, demasiado preocupado por tener muchos seguidores, al que le da miedo quedarse solo, ese Dios pelele que necesita ser reconocido por idiotas. El Dios sentimental que se ofende si blasfemamos contra él.

Solo un Dios demasiado humano experimenta emociones y resiste adjetivos que de por sí son juicios de valor

El Dios contador que lleva las sumas y restas filosas de nuestras fallas y aciertos con la mezquindad de un usurero. El Dios moral que establece lo bueno y lo malo, cuando la moral no la dicta sino un grupo de individuos para justificar su ascenso al poder. El Dios sabiondo, como si saberlo todo fuera una cualidad divina y no un ridículo anhelo del ser humano. Detesto ese Dios magnánimo que supuestamente perdona como si tuviera la pequeñez de sentirse insultado por algo, un Dios que siente no puede llamarse Dios.

No admiro al Dios pensante, pues pensar no me parece algo realmente loable, tal vez porque el hombre ha desacreditado su razonamiento, le ha quedado grande, como a los niños un cuchillo con el que terminan haciéndose daño ellos mismos. Es absurda la santidad de Dios (aunque soy de las que exclaman a cada rato, ¡Diosito santo!) porque Dios no necesita ser santificado y mucho menos por una raza viciosa como la nuestra. Dios no necesita. ¿Cómo venerar a un Dios ansioso?

El Dios amoroso, compasivo, justo. ¿Será? Solo un Dios demasiado humano experimenta emociones y resiste adjetivos que de por sí son juicios de valor. Si Dios fuera ese Señor sabio que nos restriega, por ejemplo, el catolicismo, probablemente se avergonzaría de que lo alabáramos. Nombrar a Dios, por inconcebible, puede ser la más imposible de las empresas y, tomar cualquier partido, el más despreciable atentado contra su verdad.

Como religión, tal vez nos iría mejor no adorando con fe furibunda a ese Dios con superpoderes humanos y sí acudir a la humilde gentileza de nuestros corazones como guía confiable para vivir amablemente.

MARGARITA ROSA DE FRANCISCO

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