Despacito

Despacito

Esa sensación de que una especie de gusano se apodera de mi cerebro la he sentido con otros hits.

17 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

Mi hermana y yo compartimos el mismo cuarto durante toda nuestra niñez y adolescencia. Una noche me despertaron unos sollozos, y de pronto la vi con la cabeza clavada en la almohada tratando de sofocarlos. A mi pregunta por el motivo de su tristeza me contestó: “No estoy triste, lo que pasa es que tengo una canción pegada y no me la puedo sacar”.

A nosotras nos entretenía mucho cantar y a veces lo hacíamos antes de dormir. “¿De las que cantamos hoy? –le pregunté. “No, una que suena en la radio todo el día”. –“Cantámela, a ver”. Ella empezó a tararear el estribillo sin dejar de llorar; aunque la situación era entre cómica y trágica, había que ver cómo su vocecita entonada y empapada en sus lágrimas desconsoladas iba lavando la pobre canción de esa intención vana de querer gustarle a todo el mundo. Hasta bonita me sonó. “Busquemos una que no tenga coro”, le propuse, compadeciéndola en lo más profundo. Escogimos Pueblo blanco, de Joan Manuel Serrat, un poema largo y difícil con una melodía compleja que nos encantaba oírle cantar a mi papá y que nos sabíamos de memoria. Sin duda, el antipirético perfecto para contrarrestar la fiebre del sonsonete guapachoso que la estaba torturando.

Al igual que con Despacito, lo juro por mi mamá, he llorado de físico ahogo porque sus notas se aferran como rémoras a no sé qué grupo de neuronas desprevenidas

A esas horas de la medianoche, y mirando el techo, tuvimos que invocar muchas otras canciones raras que vinieron a auxiliarnos al instante como verdaderos ángeles de la guarda. Gracias, padre nuestro, por habérnoslas enseñado.

No es que me las quiera dar de intelectual ni de exquisita. El agrado o la aversión por algo es tan emocional y a veces con raíces tan misteriosas que no resiste ninguna lógica. Esa sensación de que una especie de gusano se ha apoderado de un área de mi cerebro la he sentido con otros hits que han fascinado a la humanidad como, Macarena, Chiquitita o Sweet Dreams, de Eurythmics. Con esos, al igual que con Despacito, lo juro por mi mamá, he llorado, como mi hermana, de físico ahogo porque sus notas se aferran como rémoras a no sé qué grupo de neuronas desprevenidas; he acudido a antídotos extremos como ponerme a oír a Schoenberg o a Olivier Messiaen, o sea, he tenido que ir a buscar refugio en la pura estepa casi intransitable de la música para que eso actúe como una venda fría sobre la quemazón de aquellos éxitos mundiales. Esto no es tener mejor gusto, muy probablemente el mío está torcido y el de la mayoría, derecho. ¡Qué de malas yo!

MARGARITA ROSA DE FRANCISCO

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