¿Enemigo del planeta?

¿Enemigo del planeta?

Si Trump cumple con sus promesas, el Acuerdo de París podría convertirse en un fiasco.

13 de noviembre 2016 , 01:31 a.m.

Durante la campaña hacia la presidencia, Donald Trump hizo diversos anuncios sobre su política de cambio climático que hoy son una pesadilla para los miles de participantes que asisten a la Conferencia de las Partes de la Convención de Cambio Climático (COP) en Marrakech, que sesiona por estos días (7-18 de noviembre). Propósito central de esta COP es afinar y fortalecer el Acuerdo de París, que entró en vigor recientemente y es la última oportunidad de combatir el cambio climático antes de que sea demasiado tarde.

¿Qué dijo Trump durante su campaña? Entre otros puntos: retirar a EE. UU. del Acuerdo de París; eliminar todas las regulaciones que el presidente Obama expidió con el fin de reducir las emisiones de CO2 de EE. UU.; y revocar todo el gasto federal en energías limpias, incluyendo la investigación y el desarrollo en energía solar y eólica.

Si Trump cumple con sus promesas, el Acuerdo de París podría convertirse en un fiasco, como nos lo enseña la historia. En efecto, el Protocolo de Kioto, firmado con enorme optimismo en 1997, fracasó como producto de que EE. UU. no lo ratificara. Así, Trump pasaría a la historia como un gran enemigo del planeta, compartiendo ese dudoso honor con la Exxon, empresa a la que el premio nobel Paul Krugman dio ese apelativo al demostrar que fue una de las arquitectas de uno de los engaños más eficaces y trágicos de la historia: la negación de la existencia del cambio climático, que es la explicación principal de que Estados Unidos hubiese impedido que se avanzara en su combate durante veinte años (‘The New York Times’, 1.° de abril del 2006).

Así, según Krugman, “un memorando de 1998, filtrado de una reunión del Instituto Americano del Petróleo, en la que la Exxon participó, describe una estrategia para proveer ‘soporte logístico y moral’ a los disidentes del cambio climático, ‘y así generar cuestionamientos y descrédito a la “sabiduría científica prevaleciente’. Y eso es lo que justamente la Exxon hizo: entregar generosas donaciones para respaldar una especie de universo intelectual alternativo de escépticos del cambio climático”.

El sociólogo Robert Brulle, de la Universidad de Drexel, estima que diversas empresas privadas, incluyendo la Exxon, han donado cerca de 500 millones de dólares a organizaciones no gubernamentales dedicadas a minar la ciencia del cambio climático.

El conocido centro de pensamiento Competitive Enterprise Institute, uno de sus mayores detractores, ha sido una de las organizaciones beneficiadas. No es entonces casual que Myron Ebbel –uno de sus directores y líder del programa ‘Calentamiento global y política internacional ambiental’– haya sido designado por Trump jefe de la misión de empalme con la EPA (Agencia Ambiental de EE. UU.).

En marzo del 2010, el ‘Financial Times’ calificó a Ebell como “uno de los más prominentes escépticos del cambio climático de Estados Unidos”, un escepticismo que comparte con Trump, para quien “la EPA es una desgracia”.

Para cumplir con sus anuncios sobre cambio climático, Trump no solamente contaría con la colaboración de Ebbel, sino también con las bancadas republicanas en el Senado y la Cámara, que son predominantemente negadoras de la existencia del fenómeno.

Y es que la negación del cambio climático se convirtió en asunto ideológico para los líderes claves de este partido y de la derecha norteamericana, que, defensores al extremo de un Estado pequeño y una sociedad dinamizada solamente por la economía de mercado, saben muy bien que si aceptaran combatir el cambio climático, implicaría contar con un Estado más interventor y una burocracia estatal más grande.

¿Qué nos espera? Parodiando a Ricardo Ávila (‘Portafolio’, 10 de noviembre del 2016) en su grito de esperanza sobre un eventual cambio sustancial de la posición del presidente electo en relación con otros calamitosos anuncios de campaña: “El anhelo es que el temperamento pragmático de Trump evite una catástrofe que no solo comprometería a su gobierno, sino que se sentiría en todos los rincones del globo”.

MANUEL RODRÍGUEZ BECERRA

Columnistas

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