Cuán distinta sería nuestra suerte

Cuán distinta sería nuestra suerte

Que los jóvenes que votarán por primera vez aprendan bien la lección: el precio de la libertad.

10 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

La frase histórica es así: “¡Pueblo indolente!, cuán distinta sería vuestra suerte si conociéseis el precio de la libertad”. La dijo Policarpa Salavarrieta hace doscientos años, y no ha perdido vigencia. Y en medio de esta gazapera sí que resulta pertinente. Que los jóvenes que votarán por primera vez aprendan bien la lección: el precio de la libertad.

No dudo que la heroína de Guaduas tuvo tiempo de repensar en sus palabras, mientras caminaba entre la celda de castigo del Colegio Mayor del Rosario y la plaza mayor.

Ahí estaban los curiosos y los curas. Uno de ellos le dijo: “Arrepiéntete, mujer”. Las campanas de la catedral empezaron a doblar a muerto. Querían que marchara en silencio y resignación hacia el cadalso. Uno de ellos fue más lejos: Policarpa, arrepiéntase de todo lo malo que ha hecho. Ofrezca a Dios sus sufrimientos en expiación de sus muchos pecados. Entonces enrojeció su rostro de ira y de dolor. Dijo: ¡No! ¡Venganza, compatriotas! ¡Y muerte a los tiranos! Había sido apresada la noche del 7 de noviembre de 1817. De manera que tuvo tiempo para pensar en el significado de su sacrificio. Es probable que haya recordado lo que le contó José María Caballero sobre el comportamiento de la llamada ‘clase política o dirigente’ después del 20 de julio de 1810.

Lo que vino después es conocido: el mayor Córdoba le ordenó que subiera al patíbulo y se pusiera de espaldas, pues así era como ajusticiaban a los traidores.

Días antes de llegar a la capital el ‘pacificador’ Pablo Morillo, le prepararon un gran recibimiento. Hicieron una colecta que ascendió a dos mil pesos y compraron festones y guirnaldas, pólvora y trago, banderitas y confetis. Y levantaron treinta arcos triunfales desde la plaza de San Diego hasta la plaza mayor, a lo largo de la calle Real. Y en las cuatro esquinas de la plaza pusieron arcos más grandes, uno de laurel, otro de olivos, otro de flores y otro de banderas. Y en todos se podían leer los vivas indignantes al rey Fernando VII y al jefe de las tropas españolas, Pablo Morillo. Es probable que haya sido a partir de este dato de Caballero que la Pola incluyó en su proclama aquello de ‘Pueblo indolente’.

Lo que vino después es conocido: el mayor Córdoba le ordenó que subiera al patíbulo y se pusiera de espaldas, pues así era como ajusticiaban a los traidores. No hizo caso, y dijo “No es propio ni decente esa posición en una mujer. Ved que, aunque mujer y joven, me sobra valor para sufrir la muerte y mil muertes más. No olvidéis este ejemplo”.

MANUEL GUZMÁN HENNESSEY

Columnistas

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