Como una sola sombra larga...

Como una sola sombra larga...

El teatro Colón y la Biblioteca Nacional tuvieron la buena idea de retomar los recitales poéticos.

27 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

Cuando vi el nuevo diseño de la página de opinión: amable, horizontal, generoso, bonito, descubrí que no quería llenarlo de datos sobre el calentamiento global. Ya no, tanto. Mucho menos sobre ‘proezas’ de aquellos que tienen la cara dura y van mintiendo por ahí como si nada. Mejor asomarme al viernes por la ventana más propicia que tiene el corazón del hombre para exaltar lo que vale la pena de la vida. La poesía. Y, como el teatro Colón y la Biblioteca Nacional de Colombia tuvieron la buena idea de retomar la tradición de los recitales poéticos que se hacían a mediados del siglo pasado (¿cuando este país era otro?), aquí estoy para celebrar, en primer lugar, esa puesta en escena del poema veinte de Pablo Neruda.

Fue así: Kepa Amuchástegui caminó hasta el público y se sentó en el suelo para decir: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche...”. Difícil volver a ver endecha mejor nombrada. Aquí y en cualquier parte. Y, enseguida, los violonchelos de Iván León y José David Márquez, ahí, en la justa medida de sus acordes mínimos, para que nada se escuchara mejor que la palabra. Poesía para ser dicha, en este caso de amor, o desamor, fulgor y ocaso: cal y canto de una misma sustancia repetida.

El público de Bogotá demostrando una vez más que estará ahí, puntual y generoso, siempre que lo convoquen a espectáculos de buena calidad y verdadero arte.

Escuchamos a Quevedo, Sor Juana, García Montero, Vallejo y Meira Delmar (alguito), entre otros más. En las voces acompasadas de Amuchástegui y Carmenza Gómez. El Ritornelo, ¡cómo no!, de León de Greiff, y eso de Cortázar que empieza y termina (y da la vuelta) tocando la boca de ella: “Con un dedo toco el borde de tu boca”.

Exquisita la curaduría que hizo Piedad Bonnett. Perfecta, casi perfecta, la dirección de Manuel José Álvarez, y el público de Bogotá demostrando una vez más que estará ahí, puntual y generoso, siempre que lo convoquen a espectáculos de buena calidad y verdadero arte. Pedir que sean más frecuentes ya sé que es mucho pedir, pero que en otras ciudades se diga también la poesía tal vez sería una idea que convenga a la salud de este país (para la vida), en un momento en que se cierne sobre él, otra vez (¿cuántas más?), una sola sombra larga. Tanta poesía hemos tenido y tantas muertes que hace falta, tal vez, tanta poesía. Lo mejor de la tarde, para mí (que soy monotemático), el acierto de traer a Joaquín Sabina, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren.

MANUEL GUZMÁN HENNESSEY

Columnistas

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