Mayo 8 de 2008
¿Qué nos pasa?
Un espectáculo incoherente, vocinglero, desmesurado o artificioso.
No es fácil comprender la situación política del país. Al paso que en los demás espacios de la vida nacional se advierte progreso, confianza pública, ámbito propicio para la inversión, optimismo, seguridad creciente, más satisfacción que insatisfacciones, en el campo político la confusión, el personalismo, el choque de ambiciones minúsculas, el deterioro alarmante del Congreso y el creciente número de legisladores incriminados por relaciones oscuras con el paramilitarismo y el narcotráfico enrarecen el ambiente, desconciertan a la opinión pública y hacen del vocablo crisis el más pronunciado del léxico en el debate, acalorado y feroz.
El presidente Uribe acaba de superar una situación -esta sí en verdad crítica- con una demostración de liderazgo, carácter, realismo, en medio de la borrasca desatada a raíz de la operación que produjo la baja de un reconocido cabecilla de las Farc.
Gobernar es, en buena parte, decidir. Sobre todo en momentos y ante circunstancias de aguda gravedad, como la de autorizar el operativo sobre territorio de un vecino y amigo, con todas las implicaciones internacionales que era fácil prever, pero que el Jefe del Estado condujo luego con habilidad, inteligencia y acierto.
Sin embargo, contra el timonel que sacó la nave de la tempestad se desata una gigantesca ofensiva, en vez del aglutinamiento de voluntades y voces de respaldo. ¿Por qué? ¿Con qué propósito? ¿Bastará la vacilante declaración de una parlamentaria, que la lleva por su contenido a la postura de reo por el delito de cohecho, para que se le pretenda exigir una renuncia fuera de lugar? ¡Pero si aun la dama, que en algún periódico se calificó de trapecista, no termina de enredarse en la pita de su propio anzuelo! Por la boca muere el pez, reza el sabio refrán, y así parece haberle ocurrido a la locuaz señora.
Desde la barrera, el espectáculo se advierte incoherente, vocinglero, desmesurado en muchos aspectos, artificioso en otros.
La segunda reelección tiene alborotado el cotarro político. El tema, prematuro e impertinente, parece convertirse en obsesión. Se clama en voces altisonantes por que el Presidente se defina, como si de ello dependiese la paz política. Se discute la posibilidad de disolver el Congreso, olvidando que el recurso purificador, utilizado por la Asamblea Constituyente de 1991, lo único que logró fue que los venerables padres de la patria, dueños atávicos de los votos cautivos, volvieran a sus curules para proseguir con su electoralismo excluyente de la seria labor legislativa.
En una democracia genuina, las reformas deben surgir de las propias instituciones que pierden el respeto y el respaldo público. Sobre todo el Parlamento, con su poder de legislar y la tendencia invencible a hacerlo en provecho propio para fines electorales, fijación de dietas, pensiones, corruptelas de diverso orden, que no se remediaron con la elección de un nuevo Congreso.
Vana ilusión y delirio funambulesco pretender que los legisladores aprueben una reforma que los despoje de gajes y beneficios. La reformita de la 'silla vacía' tan solo encara un aspecto: el de impedir nuevos contubernios con delincuentes y mafiosos.
Posiblemente tardío y hasta innecesario, porque la terrible experiencia sufrida por el cuerpo legislativo con la 'parapolítica' y sus consecuencias pueden ser disuasivo suficiente. Hay cosas más importantes por cambiar.
Grave en verdad que de toda esa turbulencia sin mayor sentido emerjan amenazas de muerte contra quienes asumen posiciones que molestan a otros o los incomodan por cualquier motivo.
Políticos, periodistas, miembros de la Iglesia, guerrilleros desmovilizados del M-19 sufren estas formas inicuas de terrorismo sicológico, sin que sea posible averiguar las fuentes.
Esta debe ser preocupación máxima del Gobierno y sus instrumentos de seguridad, porque la atmósfera deletérea que comienza a condensarse sobre la vida nacional se tornará en infierno.
alvatov2@yahoo.com