Todos en el mismo equipo

Todos en el mismo equipo

Lo de Medellín es esperanza, indica que inclusive los políticos divisionistas que se pelean por pilotear este avión nacional no han sido capaces de minarnos el alma.

02 de diciembre 2016 , 08:25 p.m.

Hoy no hablemos a fondo de esa paz querida que buscamos casi matándonos y debe llegar, porque la merecemos y necesitamos. Hablemos de paz en 71 tumbas que duelen, las de los jugadores del equipo brasileño Chapecoense, de miembros del cuerpo técnico, de 21 periodistas y demás acompañantes del vuelo fatal de Santa Cruz de la Sierra a Medellín que al final tomó la ruta al cielo. Porque Dios como que necesitaba un equipo verdão, humilde, revelación, lleno de sueños, de la tierra del juego bello.

Se fue Chapecoense, que se había hecho querer y admirar, y se llevó para siempre la Copa Suramericana del cariño bajo una ovación de millones que retumba desde el Atanasio hasta el estadio celestial, su nueva sede.

Parece que el accidente fue por una falla humana. Como casi todo lo que nos ocurre. Tal vez exceso de confianza, y por ello no alcanzó la gasolina. Ya dirán las investigaciones. Y que sirva de lección.

Hoy, en Brasil hay hogares que rompen en llanto al ver la camiseta verde, un pequeño trofeo o la foto de infancia cuando se era el crack del barrio con los primeros guayos, pisando un balón, soñando vestir la verdeamarela. Fotos llenas de sueños de Danilo, de Dener, de Marcelo, de Josimar, de Thiaguinho, de Gil, Kempes, de todos. Hay más hogares, desolados también, de colegas del periodismo como el veterano Mario Sergio y 20 más, otro equipo completo. Será un suplicio para cada familia saber que los seres amados que les dejaron un beso de despedida regresan en un conmovedor ataúd, cubiertos por una bandera. Pero estén seguras, familias todas, en cada país, que van cubiertos de gloria. Y despedidos de Colombia como hijos nuestros. Ellos se fueron a dar la vuelta olímpica a la cancha de Dios, con estadio lleno. Los que no juegan estarán en preferencia, siempre.

Medellín los despidió con homenaje blanco, sentido, ejemplar y eterno, con millares de corazones unidos por una cinta de dolor y la vista nublada puesta en una gramilla hecha un epitafio, con los arcos sembrados de rosas rojas rociadas con lágrimas, como un gol a la desgracia.

Gracias, Antioquia, por la lección de una sociedad que van a tener que estudiar psicólogos y sociólogos. Porque allí estaban Nacional, Medellín, Millos, Envigado, Santa Fe, todos, vestidos de blanco, aferrados a 100.000 velas que flameaban fe y solidaridad. Todos, chapecoenses; todos, una sola luz para las almas. Allí se vio que el fútbol, que es rudo, tenso, al que van hinchas con fervor y pasión –aunque otros con puñal–, también une y siente.

Pero, sobre todo, miren que este pueblo, que ha sufrido tantos años de violencia y muertes, no ha perdido la sensibilidad ni la hermandad. Es un pueblo solidario, creyente, capaz de ponerse la misma camiseta y caminar 40 cuadras con un ramo bajo el brazo para elevarlo a Dios, incluso por almas visitantes.

Qué maravilla que seamos todos Chapecó. Esto demuestra que podemos caminar unidos bajo la misma luz, que tenemos que poder volver al estadio con colores distintos a ver fútbol, sin matarnos. Debería ser un reto para las barras bravas: que respeten a las familias, que podemos salir con millones de velas encendidas por nuestros muertos de cada día, contra los que secuestran, miserables que se llevan vidas sin carta de navegación; contra los que vuelan niñas con balones bomba, como antier en el Chocó. Lo de Medellín es esperanza, indica que inclusive los políticos divisionistas que se pelean por pilotear esta nave nacional no han sido capaces de minarnos el alma. Es hora de ponernos la camiseta blanca contra toda violencia. No esperemos a quedarnos sin combustible.


Luis Noé Ochoa

luioch@eltiempo.com

Columnistas

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