La madre tierra

La madre tierra

El desarrollo agropecuario, donde solo había sangre y fuego, demuestra los beneficios de la paz.

19 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

Como quien deshoja una alcachofa, buscando su carnoso corazón, las autoridades deshojan a Odebrecht, la corrupta multinacional brasilera que extendió sus poderosos tentáculos por el mundo y en Colombia pudo corromper a exmagistrados de la Corte Suprema, congresistas, empleados públicos, señorones de cuello blanco, quienes, trampeándole al Estado y engañando al pueblo colombiano, pretendían enriquecerse o incrementar sus fortunas.

Aunque las autoridades no han llegado al corazón de esta imaginaria alcachofa, en Colombia sus hojas podridas caen un día sí y otro, también. Esa amalgama de corruptos de alta gama, unos en la cárcel, otros incriminados, otros apenas descubiertos, ha despertado entre la ciudadanía una gran indignación y una gran vergüenza. En vísperas de la visita del papa Francisco, se podría decir que los colombianos no creemos ni en el rejo de las campanas.

En una realidad tan deprimente, y acosados por el pesimismo, los temores y una gran incertidumbre, es perjudicial seguir concentrados en nuestras desgracias, en vez de buscar en nuestra propia realidad lo positivo, lo productivo que tiene el país, gracias al trabajo eficiente y honrado de millones de compatriotas que nada tienen que ver con Odebrecht ni con los corruptos que cayeron en sus garras. Esos colombianos, en vez de amargarse, de gastar su tiempo en atacar, en destruir, en odiar, se han dedicado a trabajar, a construir, a producir para hacer de Colombia un mejor país.

En vísperas de la visita del papa Francisco, se podría decir que los colombianos no creemos ni en el rejo de las campanas

Por eso, mientras que en las ciudades una partida de corruptos intenta enriquecerse con las coimas millonarias que la corrupta Odebrecht reparte a diestra y siniestra, para comprar conciencias y para comprar proyectos y contratos, en los campos ejércitos de campesinos y de empresarios están empeñados en cultivar y en hacer producir la tierra. Y cuando en las ciudades retumba el ruido de la corrupción, en los campos resuena el sonido de los tractores, de las trilladoras, de los azadones, pues miles de campesinos, unos por su cuenta, otros empleados por activos empresarios, han transformado sierras y llanuras en emporios agrícolas que Colombia nunca había visto.

Entrevistado en EL TIEMPO por Yamid Amat, el ministro de Agricultura, Aurelio Iragorri –retirado del cargo para que reviva su agonizante partido político–, demostró con cifras que la agricultura va viento en popa: creció, durante el primer semestre del año, 7,7 por ciento. “En alimentos, es la producción más alta de nuestra historia”, dice Iragorri. En arroz, hay 1 millón de toneladas guardadas y 2 millones más se producirán en 360.000 hectáreas. Luego hay arroz para exportar. Y Colombia, cuarto exportador mundial de aguacates, exporta naranjas, mangos, limones y también marañones, cultivados en Vichada.

En ganadería, con 18 nuevos mercados, la carne, que solo se exportaba a Venezuela y Curazao, hoy se exporta a Argelia, Jordania, Angola, Egipto, Georgia, Perú, Chile, Irán, Irak, Líbano y Rusia, el mayor comprador. Las vacas producen 6.000 millones de litros de leche. “La deben consumir las entidades públicas, en vez de seguir importando”, dice el ministro. Y en su campaña, Colombia Siembra, para sembrar 1 millón de hectáreas, sembraron 159.519 más. Y se ha contrarrestado la deforestación sembrando 264.823 hectáreas de árboles.

El gran desarrollo agropecuario, en donde antes solo había sangre y fuego, demuestra los beneficios de la paz. El campo nos sacará de la degradante batalla política. Con la paz le llegó la hora a nuestra madre tierra.

LUCY NIETO DE SAMPER
lucynds@gmail.com

Columnistas

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