La democracia en ebullición

La democracia en ebullición

En estas manifestaciones todos a una están en lo suyo: defendiendo sus derechos.

10 de junio 2017 , 12:00 a.m.

En el gobierno del pueblo, el pueblo está que arde. Agremiaciones, sindicatos, habitantes de Buenaventura y del departamento del Chocó, descontentos con el Gobierno porque consideran que no ha cumplido con todo lo que les ha prometido, como si se hubieran puesto de acuerdo, las protestas se sumaron, una tras otra.

Como en las democracias la forma elegida para elevar reclamos y forzar al Gobierno a cumplirlos es dejar de trabajar, pues todos ellos suspendieron actividades y se declararon en huelga. Y como la consigna de los organizadores es que todos los manifestantes se lancen a recorrer calles y a llenar plazas agitando banderas y pancartas y gritando consignas, pues en esas están, aunque algunos ya han amainado. Sin que les falte el apoyo de los congresistas que suelen pescar votos en ríos revueltos.

En estas manifestaciones, reconocidas y consentidas, todos a una están en lo suyo: defendiendo sus derechos. A los huelguistas poco les importan los perjuicios que puedan causarles a las personas a quienes dejan de atender, y mucho menos les importa que el cese total de actividades perjudique a miles, o a veces a millones, de terceros que, sin tener nada que ver con las protestas, se ven obligados a soportar diferentes problemas y a sufrir injustamente pérdidas, a veces cuantiosas.

¿Sí será que con huelgas largas, penosas y costosas se arreglan los problemas?

¿Y qué decir de los dinerales que se pierden y los que se dejan de ganar por culpa de esas huelgas? Son perjuicios que, de alguna manera, nos afectan a todos. No obstante, todo eso es secundario: prima el derecho de huelga.

Sin embargo, los más perjudicados con las huelgas son los huelguistas. Les toca echar pata, a veces horas, a veces días, para llegar al punto de concentración. Y de ahí en adelante no hacen más que patonear, día tras día, al sol y al agua, sin comer y sin beber, como les sucede ahora a los maestros, quienes desde hace un mes caminan sin parar.

Entre tanto, los pocos directores del paro, tomando tinto y fumando y sin siquiera asolearse, negocian con los respectivos funcionarios, en cómodas oficinas, las condiciones del posible arreglo.

Por lo visto, los maestros se han excedido en sus protestas. Empeñados en no transar, han prolongado el paro más de la cuenta. Y se han pasado de raya haciendo escena: unos cuantos se encerraron en la iglesia de San Francisco, a esperar, sin comer y sin dormir, algún arreglo. Semejante ocurrencia, que puso en aprietos a los padres franciscanos, no aporta nada a la causa laboral, y los encerrados hacen el oso.

A su vez, el Gobierno no ha estado a la altura. A una ministra recién llegada, sin tiempo para conocer todos los asuntos del ministerio y los problemas del magisterio, le cayó el paro de 332.000 maestros, que mantiene a 8 millones de estudiantes sin escuela. Y le ha tocado lidiar con Carlos Rivas, presidente de Fecode, un veterano sindicalista que se las sabe todas. En situación tan complicada, quien debe actuar más de cerca es el presidente Santos, sobre todo si la educación es la primera prioridad en su gobierno.

Mientras tanto, el paro en Buenaventura, que causó pérdidas billonarias al país, al puerto y a sus habitantes, terminó, por fortuna, gracias a la eficiente mediación del ministro del Interior, Guillermo Rivera.

Pero en el país los paros no calman. Y mientras más se alargan, más se pierde y menos dinero queda en las arcas estatales para cumplirles a los huelguistas. Así las cosas, ¿sí será que con huelgas largas, penosas y costosas se arreglan los problemas?

LUCY NIETO DE SAMPER
lucynietods@gmail.com

Columnistas

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