‘Esclavos de la paz’

‘Esclavos de la paz’

El país ‘más feliz del mundo’ no puede cambiar la alegría por el miedo.

21 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

Hasta el más lejano o indiferente observador de la vida colombiana tuvo que ser impresionado por la postal que nuestro país ofreció al mundo durante las cien horas en las que el papa Francisco compartió palabras y gestos, pensamientos y sueños, miradas y abrazos, alegrías y afanes con los habitantes de esta nación, situada a diez mil kilómetros del Vaticano y caracterizada desde hace largo tiempo como un escenario de violencia incurable.

El espectáculo de ciudades enteras volcadas sobre calles, iglesias, plazas y parques, inundando de blanco todos los espacios en donde hizo presencia el sumo pontífice de la Iglesia católica en medio de un constante ambiente festivo, vale más que los millones de palabras que se dijeron y escribieron –y que se puedan seguir empleando– para calificar el significado del encuentro de Francisco con los colombianos.

Para apreciar ese significado no hace falta ser católico ferviente, compatriota, pariente o amigo del pontífice, o cercano a la Iglesia por cualquier otro motivo. Como tampoco pueden explicarse solo como expresiones de credulidad religiosa o de novelería las movilizaciones multitudinarias que generó su presencia en todos los lugares que recorrió. No es necesario ser experto en la psicología de las multitudes, en el análisis de las coyunturas sociales o en los intríngulis de la fisonomía espiritual colombiana para discernir que en el ánimo de quienes invadieron los espacios en Bogotá, Villavicencio, Medellín y Cartagena, para ver y oír al Papa, había mucho más que curiosidad y fe.

El primero en percibir lo que animaba a las muchedumbres que lo acompañaron a lo largo de su periplo fue el propio Papa, maravillado por el entusiasmo que despertó su presencia en todas partes. No en vano uno de los primeros llamamientos que hizo a los colombianos, y en especial a los jóvenes, fue el de que no se dejaran robar la alegría ni la esperanza.

Se necesita ser muy pesimista para pensar que los corazones de esas multitudes entusiastas no son terreno fértil para que fructifique el llamado papal a convertirse en “esclavos de la paz”

Ese llamamiento encierra un diagnóstico certero de lo que hace falta para que Colombia salga definitivamente de la encrucijada a la que la han llevado lo que el Papa señaló también como los odios, rencores y venganzas heredados. Algo que las víctimas, como se vio en los diálogos que Francisco sostuvo con ellas, comprenden mejor que quienes están empeñados en atizar el fuego porque padecen, en palabras del mismo pontífice, de miopías heredadas.

Algunos de ellos no resistieron el impulso de adoptar actitudes o decir palabras negativas a propósito de la visita papal, aunque no alcanzaron a empañarla. Hablar del costo del viaje –cuando no se condenan con la fuerza que se debiera los saqueos de los políticos mafiosos– o de la supuesta manipulación política de una correría cuyos alcances van mucho más allá de la presente coyuntura fueron notas disonantes que ni siquiera trascendieron.

Para no hablar de reacciones aún más aisladas y deleznables, como las críticas al atuendo utilizado por la primera dama, que contrastaron con el despliegue de buen humor de Francisco tras el infortunado accidente que le dejó un corte en la ceja izquierda y el ojo “como compota”, en sus propias palabras, al golpearse con el parabrisas del papamóvil en Cartagena.

Es muy temprano para medir con exactitud el efecto que la visita papal tuvo sobre las grandes masas que rodearon a Francisco y los millones que lo siguieron por la televisión. Pero se necesita ser muy pesimista para pensar que las mentes y los corazones de esas multitudes entusiastas no son terreno fértil para que fructifique el llamado papal a convertirse en “esclavos de la paz”.

Es inconcebible que el país que se califica a sí mismo como el más feliz del mundo no sea capaz de desactivar los odios y que, además de todo lo que ha soportado, se deje cambiar la esperanza por el miedo.

LEOPOLDO VILLAR BORDA

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