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Balance agridulce

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La política exterior del presidente Santos dio un acertado giro, que representó para Colombia una mayor inserción en el escenario internacional. Pero, si no se efectúan ajustes, la estrategia diplomática puede quedar ahogada en la discordancia entre lo interno y lo externo, la obsesión con la imagen y el derroche de grandilocuencia.

De la diversificación de la agenda geográfica y temática a la búsqueda del liderazgo regional queda en evidencia la ambición de pisar duro en espacios internacionales.

La reconciliación con Ecuador y Venezuela produjo un suspiro de alivio entre los países de América Latina. Tan necesario era para Colombia romper el aislamiento regional como para América del Sur darle la bienvenida a Colombia. El Gobierno supo aprovechar el momento para lograr el nombramiento de María Emma Mejía en Unasur.

El pragmatismo que primaría en la postura colombiana no logró imponerse sobre la división ideológica en las Américas. A lo máximo que se podía aspirar era al fin de la agresión verbal, la reactivación gradual del comercio y la cooperación tímida en seguridad. Eso constituía de por sí una ganancia notable. Pero, con la identificación de Hugo Chávez como su "nuevo mejor amigo", Juan Manuel Santos dio inicio a un patrón de exageración en el discurso. Este no solo crea falsas expectativas, sino también podría ser resultado de diagnósticos equivocados.

Las Américas permanecen divididas y lo sucedido en la Cumbre de Cartagena era previsible. Si Presidente y Canciller no hubiesen regresado con tono triunfalista de Cuba, a nadie le hubiese sorprendido la cancelación tardía de algunos mandatarios, ni mucho menos el desarrollo posterior del encuentro. Si el Gobierno no se hubiese atribuido el liderazgo del debate sobre las drogas, el rechazo de la propuesta colombiana sobre el tema ni se hubiera notado. Si la Cancillería no hubiese insistido en que Colombia haría historia, enseñándole al continente cómo producir un documento breve, la ausencia de declaración habría estado en los cálculos.

"Colombia representará a América Latina en el Consejo de Seguridad", dijo el presidente Santos. Pero Colombia fue el único país de América del Sur que no respaldó a Palestina en su solicitud de admisión a las Naciones Unidas. Cuestionado, el Gobierno se declaró imparcial para ejercer los buenos oficios en Oriente Medio. ¿La Cancillería habrá creído que Colombia sí podría facilitar allá?

Más que consideraciones políticas, fue el sentir de Santos el que pesó en la cuestión de Palestina. La política exterior sigue respondiendo a los gustos y disgustos del Presidente, proyectándose como un ejercicio de élites, con algo de desprecio por el control político del Congreso y sin reconocimiento de la carrera diplomática. Embajadas y consulados continúan siendo botines para el amiguismo y el clientelismo.

El Gobierno promete lo que no depende de él. Podrá haber "Diálogo de Alto Nivel" y Santos podrá hablar de "tú a tú" con Obama, pero la relación bilateral sigue "securitizada". La presencia creciente de Colombia en México y Centroamérica simboliza la instrumentalización de la cooperación sur-sur en manos de Estados Unidos, que la financia.

Colombia obtuvo reconocimiento internacional con la propuesta de Objetivos de Desarrollo Sostenible para Río + 20, pero no se ha visto entusiasmo gubernamental para el debate ambiental en casa.

La Cancillería le apuesta al cierre de los espacios internacionales de escrutinio del desempeño en derechos humanos. A un futuro miembro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico no le queda bien ese tipo de vigilancia.

A esta política exterior le hace falta no solo un baño de realidad, sino también una inyección de humildad.

Laura Gil

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