Se buscan demócratas

Se buscan demócratas

Caracas convirtió las urnas, que hoy teme y manipula, en un instrumento al servicio del despotismo.

02 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

Los discursos para justificar al régimen venezolano dejan en evidencia el déficit de demócratas en América Latina.

La convocatoria a elecciones para la conformación de una Asamblea Constituyente, excluyente y revanchista, rompió con la poca formalidad democrática que quedaba en Venezuela. Pero ni siquiera eso logró un consenso en las Américas. Un bloque de poco más de una decena de países mantiene su respaldo a Nicolás Maduro. Queda claro que la democracia no constituye un valor compartido.

A Luis Almagro le reprochan su claridad, le recriminan su tono firme, lo señalan de cerrar la puerta al diálogo y lo acusan de torpedear las gestiones de los expresidentes Martín Torrijos y José Luis Rodríguez Zapatero. Los críticos del Secretario General de la OEA alcanzan a endilgarle a él una parte de la responsabilidad en el fracaso de unas conversaciones tantas veces rotas por la ausencia de voluntad y de garantías. Olvidan que los años de silencio –y, por qué no, de complicidad– de su antecesor, José Miguel Insulza, contribuyeron a envalentonar al régimen y no a conducirlo hacia la moderación.

La convocatoria a elecciones para la conformación de una Asamblea Constituyente, excluyente y revanchista, rompió con la poca formalidad democrática que quedaba en Venezuela

Una narrativa exculpatoria repetida durante cerca de dos décadas gira en torno al origen electoral del chavismo. Poco importó que presenciáramos una represión in crescendo: primero, la toma de medios de comunicación y la agresión verbal contra opositores y, luego, la cooptación de los poderes judicial y electoral y la puesta en marcha de una persecución que hoy se manifiesta en la suspensión de elecciones, la negación del referendo revocatorio, la detención de cientos de presos políticos y los asesinatos de manifestantes. Caracas convirtió las urnas, que hoy teme y manipula, en un instrumento al servicio del despotismo.

El carácter poco democrático de la oposición se esgrime como una disculpa más. ¿No estuvo detrás del golpe de Estado de 1992?, preguntan algunos. ¿No ha mostrado su desconocimiento de las demandas del pueblo, exhibido su lenguaje exagerado y probado su limitada capacidad de articulación?, alegan otros. ¿No ha hecho alarde de su acercamiento con los sectores más conservadores de la región?, señalan unos más. Pero una democracia no elige una oposición a su conveniencia, ninguna acción de cuestionable carácter democrático sirve para defender una respuesta aún más antidemocrática, y toda fuerza política está en derecho de buscar solidaridad en cualquier espacio de legalidad donde la encuentre.

Algunos ven en Maduro un muro de contención ante Estados Unidos. Ellos estiman que todo vale para detener el llamado imperialismo y anuncian una poco probable intervención como inminente. Le atribuyen a la Casa Blanca la radicalización del Gobierno, como si esta se debiera a factores externos y no a su esencia autoritaria. Hablan de soberanía de los Estados, autonomía de los pueblos y principio de no injerencia para detener pronunciamientos y sanciones de actores internacionales, los mismos que ellos buscaron cuando en el pasado estuvieron en la mira.

Otros muestran obras de infraestructura, como si el levantamiento de cemento pudiera reemplazar la caída en derechos. Insisten en la visibilización de los invisibles y recuerdan las ganancias sociales de la revolución chavista con indicadores del pasado porque, en la Venezuela de hoy, ya no hay ni cómo medirlos.

Sangre en las calles, protestas día tras día, Leopoldo López y Antonio Ledezma de regreso en la cárcel. Todavía se ven aparentes defensores de derechos humanos aquí y allá con fórmulas para explicarlo. En el fondo, ni defienden derechos ni creen en la democracia. Duele reconocer que hacen falta demócratas en América Latina.

LAURA GIL

Columnistas

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