De dientes para afuera

De dientes para afuera

La solicitud de perdón se convirtió en un trámite burocrático o en un recurso mediático.

05 de julio 2017 , 12:00 a.m.

“Pido perdón a todos los colombianos y a las personas que creyeron en mí”, se atrevió a escribir el fiscal corrupto. Tan solo unos días después de su arresto, Luis Gustavo Moreno hizo pública una solicitud de perdón. Así de devaluado está el perdón en la sociedad colombiana.

La solicitud de perdón se convirtió en un trámite burocrático o en un recurso mediático que desvaloriza un instrumento de peso en la justicia restaurativa. Todos piden perdón a todos. Unos lo hacen mejor que otros.

El exviceministro Gabriel García, que dio y recibió sobornos de Odebrecht, se apresuró a pedir perdón no solo a su familia, sino también “a los colombianos de buena voluntad”. Con unos pocos días de privación de libertad, los corruptos parecen encontrar la reflexión que les fue esquiva por años.

“Hoy me desprecio y arrepiento por haber sido esa persona que tomó ese camino”, escribió García. Agradezcamos que no nos provocó. Comparen con Moreno: “Sencillamente caí, me equivoqué y debo asumir las consecuencias de este grave error. Hoy sé que a cualquiera de nosotros le puede pasar”. No, no y no. No a todos. Moreno transformó una solicitud de perdón en una ofensa generalizada.

Las disculpas exprés que, de dientes para afuera, presentan los corruptos solo aumentan el escepticismo ante las verdaderas solicitudes de perdón que necesitamos

El uso y el abuso de las solicitudes de perdón se dispararon en los últimos cincuenta años. Estados piden perdón a Estados, gobiernos a minorías y violadores de derechos humanos a víctimas. El Centro Internacional de Justicia Transicional señaló los elementos requeridos para que una solicitud de perdón adquiera carácter reparador: declaración de responsabilidad, sinceridad de las disculpas, reconocimiento y participación de las víctimas y compromiso de no repetición.

Nos hemos acostumbrado a ver a ministros que piden perdón en nombre del Estado por masacres, ejecuciones y atentados y a miembros de grupos armados ilegales que lo hacen de manera más o menos voluntaria en presencia de sus víctimas. Ahora hasta los políticos o funcionarios corruptos lo hacen, y poco importa que alguien esté escuchando o no.

La mayoría de las solicitudes de perdón que le corresponden al Estado responde a una orden judicial, y son los tribunales nacionales e internacionales que comparten responsabilidad en su desprestigio. Tanto las han vulgarizado que las entidades las cumplen como una diligencia más. ¿Cuántas veces hemos visto a autoridades civiles pidiendo perdón por crímenes del estamento militar? Las cortes deberían demandar procedimientos deliberativos de largo plazo dentro de las instituciones responsables de los hechos cada vez que exijan un acto de contrición estatal. Más valen unas disculpas demoradas y honestas que unas rápidas e hipócritas.

En contraste, paramilitares y guerrilleros han pedido perdón como resultado de procesos de esclarecimiento de la verdad, de discusión en el seno de la organización y de careo o diálogo con las víctimas. Los paramilitares las han debido confrontar una y otra vez en las salas de Justicia y Paz, y las Farc han pasado de la negación de su existencia al reconocimiento de responsabilidad en casos concretos. Falta largo trecho por recorrer, pero de eso se trata. La solicitud de perdón constituye una estación del camino que pierde valor si se reclama como una acción aislada.

Aún falta para que las palabras de los responsables de hechos atroces logren satisfacer a sus víctimas y contribuyan a la reconciliación. Pero las disculpas exprés que, de dientes para afuera, presentan los corruptos solo aumentan el escepticismo ante las verdaderas solicitudes de perdón que necesitamos. Por favor, ahórrennos el espectáculo.

LAURA GIL

Columnistas

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