Que lo rechace
Por: JUAN ESTEBAN CONSTAÍN | 6:41 p.m. | 13 de Octubre del 2010
No me lo van a creer -claro que no-, pero el sábado 2 de octubre, es decir 5 días antes de que se anunciara la noticia, mi amigo Filo Ben Alcazarcabir, gran filósofo cordobés y averroísta, predijo el Nobel para Mario Vargas Llosa.
Lo hizo, además, con un argumento irrefutable: ya que el verdadero objetivo de la Academia Sueca no es decidir al laureado sino sorprender y atormentar a todo el mundo con esa decisión, este año no había mejor candidato que él.
Ninguno que desafiara más las apuestas y las cábalas de los expertos; ninguno que se lo mereciera más, razón por la cual, desde hace años, se pensaba que ya no se lo iban a dar nunca. ¿Vargas Llosa? Na. Se lo merece demasiado.
Pero bueno: no exageremos. No seamos injustos. El objetivo de la Academia Sueca no es sólo jugar con el sistema nervioso de quienes viven obsesionados todos los años con el Nobel. No. También tiene, la venerable casa, la misión de preservar y exaltar los prodigios de la lengua sueca, que como se sabe son una parte imprescindible, determinante, de la cultura occidental.
Lo del premio es una obligación tardía e ingrata, tanto que quizás sea esa la razón por la cual muchos de los premiados en la historia parecerían escritos por la perversidad o por la venganza, por la intriga.
Como si los escogiera el doctor López Michelsen, o como si se cumpliera el terrible elogio de Borges (creo): unos buenos señores sin ninguna importancia cuya importancia está en decidir quién habrá de ser importante.
Y el pobre Vargas Llosa ya iba camino de convertirse en una de esas injusticias memorables de la Academia Sueca. Entre más rondaba su nombre, más desdén le imponía la venerable casa. "¿Vargas Llosa? Na: mejor que este año sea algún poeta uzbeko que les canta a los azadones, o el aforista este de Andorra que escribe tan bien y que es tan comprometido y tan sensible". ¿Vargas Llosa? No: este año no, y el otro tampoco, ni el otro ni el otro. Hasta que algo vino a romper el conjuro, no se sabe exactamente qué. ¿El libro sobre Onetti, la inminente novela sobre los horrores del Congo belga? No lo sé.
Tal vez sea lo que dice mi amigo Filo, y es que ningún nombre iba a acomodarse mejor al criterio de selección de la Academia -la sorpresa, la extravagancia- que el de Mario Vargas Llosa; o tal vez sea que los académicos ya están viejos y cansados, y se aburrieron de girar el mapamundi. O tal vez sea que la justicia sí existe, aun cuando del Nobel se trata.
Porque nadie se lo merecía más que Vargas Llosa. Habrá otros más refinados, como Cees Noteboom o Claudio Magris, y otros más eruditos como Umberto Eco, y otros más profundos, como Adonis. Las consideraciones subjetivas y caprichosas de todo premio. Pero Mario Vargas Llosa le ha dedicado la vida entera a la literatura, y lo ha hecho con una voracidad y un talento poco comunes. Pasando, además, por todos los géneros, con maestría, con pasión intelectual. No es posible que al autor de Conversación en La Catedral o La guerra del fin del mundo, o la Carta de batalla por Tirant lo Blanc, no le fueran a dar el Nobel, no.
Y si de compromiso político y social se trata, pues Vargas Llosa lo ha ejercido casi desde niño. Con la única coherencia que vale la pena en la vida, que no es la de las ideas sino la de la forma de pensar, la del pensamiento. La primera -creer y decir siempre lo mismo, con orgullo- suele llamarse también estupidez, la segunda, sabiduría. Este es un premio a un espíritu libre que honra a la Academia.
Aunque ahora que ya lo tiene debería rechazarlo, Marito, y darles a los académicos una cucharada de su propio veneno. Que se pongan su diplomita toga arriba, por Borges. O toga abajo: con ellos nunca se sabe.
catuloelperro@hotmail.com
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