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Esta noche sí

Por: JUAN ESTEBAN CONSTAÍN | 7:52 p.m. | 30 de Marzo del 2011

    Todas las semanas, en la Universidad del Rosario que es mi casa, doy una clase rarísima para los muchachos de primer semestre. Es una especie de happening en el que hablamos de todo, desde las frases de Sancho hasta los sonetos de Shakespeare; desde el camino del Inca hasta las letras de Syd Barrett y las Meninas de Picasso. También las de Velázquez un poco tardías, cómo no.

    Nuestro ídolo es Aulo Gelio, para mi gusto el mejor escritor de la antigüedad. Un romano que se fue a vivir a Grecia en el siglo II después de Cristo, y allá se dedicó a la filosofía, es decir al vino y a navegar. Veía las estrellas como se ven las conchas en la playa, y luego las recogía. Todas en un cuaderno de aprendiz y de brujo: el primer cuaderno de la historia de la humanidad.

    Es un lugar común, pero en el caso de Gelio se puede repetir que nada le era indiferente. Cuando volvió a Roma (a ser juez, los dioses también castigan), publicó sus apuntes con el mejor nombre de un burdel y de un libro que se haya inventado nadie: Las noches áticas. Era el viejo cuaderno embrujado, y allí está todo: la gramática, la astronomía, la mala leche, todo. Aulo Gelio es el verdadero inventor del ensayo como género y de la literatura como intimidad.

    Allí está todo, ya digo. Están Montaigne y Proust, y Borges. Mi clase, en sus modestas proporciones, es para eso: para vacunar a los muchachos contra el terrible dogmatismo de la ciencia -la Ciencia como ideología y como religión, qué vanidad, qué estupidez-, y para que recuerden siempre que la universidad debería formar sabios, no burócratas. Gente con criterio y conciencia, no con un Blackberry.

    Y la sabiduría es un poco así: desprevenida, voraz y curiosa impertinente. Como Las noches áticas. Y sobre todo, sobre todo, está hecha de cosas intangibles y aparentemente inútiles. De imágenes y de canciones y de libros y de mundos. De cosas que no sirven para nada -eso dicen los listos, llenos de cables-, como los sonetos de Shakespeare o el latín. Para nada, salvo para salvarnos de la soledad.

    Aunque no es nada fácil, ¿no? El viernes pasado llegué a mi clase y les puse a mis alumnos una entrevista que le hizo Gloria Valencia de Castaño a Obregón. Ellos quedaron maravillados, pero bajo el asombro que produce la prehistoria. Y me sentí tan viejo, tan viejo.

    Recordé mi infancia en los 80 (en Popayán, frente a un televisor rojo de perillas) cuando uno tenía que verse El pasado en presente antes de que empezara Chespirito o esa obra maestra que era Calamar, y cuando no había sino dos canales, como decía Johann Rodríguez-Bravo: el uno y el dos. Y no había más que hacer: o leíamos para divertirnos, o veíamos televisión para aprender; la tercera alternativa era un poco más solitaria. Sin Internet, sin aparatos salvo el Atari y el espejo de la abuela.

    Y eso no fue hace tanto, ¿no? Pero mis alumnos se mueren de la risa, porque estas nostalgias les parecen de ficción, tan antiguas como Gelio. Porque ellos no pertenecen a una nueva generación, sino a una nueva civilización, que es muy distinto. Nacieron con Internet, sin prejuicios ni miedos ni mitos, y en realidad no necesitan aprender nada porque todo está allí. Las viejas instituciones de la especie, hoy, son apenas un contenido virtual.

    Sé que siempre, desde el principio de los tiempos, creemos ser protagonistas excepcionales de los mayores cambios de la historia. Pero esta noche sí. Quiero informarles que el mundo, lo que los viejos llamamos así durante milenios, no es más que un objeto arqueológico, un recuerdo, un video en YouTube.

    Menos mal hay esperanza, con jóvenes como Álvaro Castaño Castillo.

catuloelperro@hotmail.com

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