Esta noche no
Por: JUAN ESTEBAN CONSTAÍN | 9:27 p.m. | 13 de Abril del 2011
Hay un libro maravilloso de Jenny Uglow que ojalá se tradujera al español. Se llama The Lunar Men y es sobre el abuelo de Darwin (Erasmus) y su grupo de amigos. Estaban todos locos y fundaron la Sociedad Lunar de Birmingham: una especie de club científico y literario, en el que destejían los misterios del Universo. Inventaban cosas, tomaban vino. Se reunían cada mes a la luz de la luna llena, y por eso los llamaban así: los lunáticos.
El subtítulo del libro es casi tan bueno como el libro mismo, y da cuenta perfectamente de la importancia de este puñado de orates: "cinco amigos que se inventaron el futuro". Uno de ellos, Joseph Priestley -descubridor del oxígeno-, quiso hacer una vez un globo aerostático. Se montó en él con un telescopio y fue a dar a la copa de un árbol. Allí, entre pedazos de lino, se encogió de hombros: el cielo estaba abierto, Venus y Marte también. Bebió de una cantimplora su otra gran creación, su mejor invento: la gaseosa.
Es el Siglo de las Luces y no se llama así porque sí. El siglo de Voltaire y de Giuseppe Baretti, del doctor Johnson, de Joseph Banks y Jorge Juan. Todos unos lunáticos, que hicieron del conocimiento (de la ciencia, de la literatura) un instrumento del placer y del progreso. Una universidad en el sentido verdadero de la palabra.
Y no creo, sinceramente, que exaltar esa idea de la sabiduría -la sabiduría como aspiración, no como receta- implique la negación y el desprecio de la riqueza y sus servicios, o de las fuerzas de la economía, o de los negocios, o de los méritos del hombre práctico, del silencioso gestor de las cosas que hacen que la vida funcione todos los días. Al revés.
Lo que pasa es que es un falso dilema, sobre el que parecería que no vamos a acabar de discutir jamás; el dilema por excelencia de la modernidad tardía. Con todas sus variantes y todos sus matices: el hombre de ciencia contra el humanista, el hombre práctico contra el letrado, el burócrata contra el poeta, el negociante contra el romántico. Se supone que los unos desprecian a los otros, mirándose siempre de reojo con una mueca de superioridad que a veces también es de miedo o de envidia.
Y digo que es un falso dilema no porque sus postulados no sean ciertos -la confrontación eterna entre la técnica y la filosofía, por ejemplo, o entre la riqueza y la moral- sino porque en el plano social, en el de la vida de todos, es obvio que cada cosa debería tener su legítimo lugar. Y que la validez de un saber no implica de ninguna manera (al contrario) la supresión de la validez de otro cualquiera. Quien piense diferente, y sé que no son pocos, no es esnob sino un imbécil.
Pero el dilema está allí, porque los hombres somos vanidosos y estúpidos. Y porque a veces nos ocupamos de las mismas cosas desde orillas contrapuestas, y creemos que nuestra parte del río es mejor y más bonita; que sólo lo que ven nuestros ojos es el agua. Y no. Hay hombres prácticos que han hecho por la cultura más que cien poetas, y ha habido poetas que han cifrado mejor que nadie el progreso y la evolución de su sociedad.
No quiero ofender a nadie -cada cual que haga de su Blackberry un sayo-, pero lo voy a decir: que haya hombres prácticos y adoradores de la técnica está muy bien, y la sociedad los necesita. Pero lo otro, por pretencioso e inútil que parezca, también es urgente, y despreciarlo es una forma de la ignorancia que ni siquiera sirve para comprar barato y vender caro. Sobre todo cuando se trata de formar "científicos sociales".
Lunáticos y esnobs y cortos de visión, así estamos. No todo está perdido mientras nuestros mejores economistas citen a Conrad para defender sus argumentos.
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