Colombia medieval

Colombia medieval

En el medioevo colombiano no reinan la sensatez y la lógica, sino el oscurantismo y el temor. De ahí el poder de quienes siembran el miedo y la rabia, así sea sobre realidades inexistentes.

10 de octubre 2016 , 06:08 p.m.

Gran favor le hace al país la idea del alcalde de Cali, Maurice Armitage, de prohibir en las oficinas públicas de su ciudad el uso del apelativo ‘doctor’ para referirse a las personas de mayor rango o superiores jerárquicos. Tarde llega esta idea, que debería ser copiada por todos nosotros, para empezar a hacer a un lado tanto servilismo y tanta agachada de cabeza sin sentido e inimaginable en otros lugares del mundo.

¿De dónde salió eso de tener que decirle ‘doctor’ a alguien que no conocemos y que en la mayoría de los casos de doctor tiene poco? ¿Por qué razón seguimos aceptando ese marcador social, que no hace más que reproducir la decadente estratificación de clases que impera en nuestro país? En estos días en que muchos andan recordando a Gabriel García Márquez por sus 'Cien años de soledad', tal vez sea necesario recordar otro de los libros del ganador del Nobel para buscar una explicación a la ‘doctoritis’ que padecemos.

En 'El general en su laberinto', García Márquez pone a Simón Bolívar a decir que aquí apenas estamos viviendo nuestra edad media y reclama al mundo que nos deje vivir esa edad media en paz. Pues bien, tal vez allí está la razón: seguimos en la Edad Media.

No de otra manera se podría explicar la manera en que seguimos sintiendo que hay ciudadanos de primera categoría, los ‘doctores’, y otros de segunda, que somos el resto. Partiendo de ahí, también es lógico que un país medieval siga dándoles prelación e importancia a los preceptos que se dictan desde las iglesias (católicas o cristianas o evangélicas) antes que a las ideas que promueven los doctores, esos sí, de las universidades y centros de investigación.

Solo así, por el apego de algunos a la edad media que llevamos viviendo desde los tiempos de 'El general en su laberinto', es como se puede entender que miles de personas hayan preferido la posibilidad de que los acuerdos de paz con las Farc terminen archivados y olvidados, casi condenándonos a volver al espantoso escenario, encantadoramente medieval, de los muertos y la sangre de la guerra en Colombia.

¿En qué país, si no es uno medieval, las carreteras pavimentadas apenas alcanzan el 20 por ciento de la malla vial total que cubre la nación? ¿En qué lugar, si no es uno anclado en la Edad Media, los grandes ‘doctores’ de la política temen a que, por unos textos educativos o unos apartes del acuerdo de paz con la guerrilla, todos los habitantes del territorio terminemos condenados a vivir una existencia de Sodoma y Gomorra, unos y otros convertidos en homosexuales por la supuesta aplicación de la “ideología de género”?

En el medioevo colombiano no reinan la sensatez y la lógica, sino el oscurantismo y el temor. De ahí el poder de quienes siembran el miedo y la rabia, así sea sobre realidades inexistentes, como bien lo confesó Juan Carlos Vélez, el gerente de la campaña de las falsas verdades del No.

Pero hay esperanza. Al menos ya el alcalde Armitage le puso punto final a la ‘doctorcitis’. Ojalá tenga éxito. Y ya desde algunas orillas empiezan a decirle al Ministro de Hacienda que aproveche su reforma tributaria para empezar a cobrarles impuestos a las iglesias, imperante necesidad para decirles a los empresarios de la fe que sus negocios son igual de terrenales que un Cooratiendas.

Ahora solo hace falta sacudirnos de otros restos medievales que nos quedan y, sobre todo, de algunos ‘doctores’ Álvaros, Vivian y Ordóñez, que nos mantienen anclados a esa oscuridad que tanto les gusta y a la que tanto rezan.


* * * *

#PreguntaSuelta: ¿será que pueden más las marchas, los plantones y los pañuelos blancos que los seis millones de votos del No?


Juan Pablo Calvás
@Colombiascopio

Columnistas

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