¿Qué dejó la santa cita?

¿Qué dejó la santa cita?

La audiencia papal confirma que la paz ha de ser de todos, no solo del Gobierno y sus amigos.

19 de diciembre 2016 , 02:44 a.m.

Como Uribe y Santos no salieron abrazándose a la usanza de cuates y mejores amigos ni fingiendo una reconciliación ‘fast track’, no faltaron las voces inmediatas que consideraron que la cita vaticana había sido un fiasco y que de nada había servido. Tengo otra lectura.

La sola convocatoria a la reunión tiene un valor inmenso, pues deja bien claro que sobre la negociación con las Farc resulta imperativo escuchar y atender las opiniones y posiciones que emanan de distintas toldas. Es tan elemental y sencillo el gesto del Papa como contundente y poderoso: la paz de Colombia no se puede construir solamente a punta de acuerdos y palmaditas en la espalda entre Santos y ‘Timochenko’. Tampoco se puede construir solo con las críticas de la oposición.

De la Calle y ‘Márquez’ pueden firmar cien papeles; Santos y sus cúpulas pueden seguir haciendo ceremonias en Cuba, en Cartagena o en el Teatro Colón con su misma lista de invitaciones y exclusiones; el Gobierno puede seguir pautando sus postizos mensajes televisivos del país de las maravillas en horarios triple A; el Congreso puede seguir con sus sinfonías de pupitrazos... nada de eso garantiza una paz real, una paz amplia, una paz sostenible, una paz convocante, una paz justa... nada de eso por sí solo garantiza la verdadera paz de Colombia.

Así entiendo el mensaje del Papa. La paz no es una firma. La paz no es un Nobel. La paz no es una ceremonia. La paz no son los retóricos discursos caribeños, nórdicos, europeos o tropicales, ni los lugares comunes de los eventos oficiales, ni las lágrimas de cocodrilo de los adictos a los protocolos y a los actos bilingües. La paz está por construir. La paz hay que ganarla, hay que seguirla luchando en procura de convocatorias más amplias, que representen más país, más gente, más Colombia, más allá de amigos del Gobierno, enemigos de Uribe, simpatizantes de las Farc y gentes nobles ilusionadas con un mejor país.

Pero el mensaje del Papa también deja claro que hay un camino importante recorrido con las Farc. Y que hay avances que deben ser protegidos. Y logros que deben ser reconocidos, así como errores que deben ser corregidos. La gran diferencia entre el Papa y muchos prominentes líderes extranjeros es que el santo padre no se quedó con la verdad del Gobierno, con las verdades de comunicado oficial, ni con las verdades emanadas de las trincheras de oposición. El santo padre no consumió verdades monocromáticas de sí o no, de blanco y negro en un país iluminado, plural, diverso y contradictorio.

Hay que oír a Santos. Pero no basta con oír a Santos. Hay que oír a Uribe. Pero no basta con oír a Uribe. Es más: no basta con oír solo a Santos y a Uribe, así ellos encarnen cada uno de los extremos de una profunda contradicción política. Y no se trata de pretender unanimismos de artificio, ni se trata de sofocar los disensos que tanto bien hacen en los países. Se trata de encontrar caminos adecuados para identificar fórmulas democráticas para superar controversias, establecer mayorías legítimas y conferirles valor a sus decisiones, para que el proceso no se agote en los amigos de quienes circunstancialmente detentan el poder.

Por eso la imagen de la audiencia papal es tan poderosa e interpreta tan bien las urgencias de la Colombia de hoy: por un lado, impedir que un presidente muy galardonado en el extranjero, pero con una gestión oficial ineficaz, altamente impopular y malquerido, valiéndose de unas mayorías parlamentarias consolidadas a base de procesos ‘non sanctos’, atropelle al país que discrepa de su visión; y por otro lado, impedir que una oposición asfixiada, maltratada y desgastada en el Congreso, que se siente despojada de un triunfo democrático, radicalice posiciones hasta el extremo de hacer inviable una verdadera reconciliación nacional. Todavía estamos a tiempo. Ya veremos. Feliz Navidad.

JUAN LOZANO@JuanLozano_R

Columnistas

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