Las siete batallas de Iván Duque

Las siete batallas de Iván Duque

Duque debe buscar una verdadera reconciliación en un país que recibe partido en dos.

17 de junio 2018 , 11:31 p.m.

Iván Duque, con su nítido triunfo, demostró a lo largo de su campaña que es un hombre talentoso, hábil, sereno y equilibrado. Su votación probó que fue capaz de superar los linderos de su partido, el Centro Democrático, que era su base, su soporte y su motor, con Álvaro Uribe a la cabeza, pero no su techo ni su límite.

El primero que entendió esa condición de Duque fue el propio Uribe, quien, además de promoverlo al Senado, dejó en claro que no cualquiera que ganara la candidatura interna del Centro Democrático podría ganar la presidencia de la República.

Duque, al principio, no era el candidato favorito de la estructura del Centro Democrático. Pero Uribe, con buen tino, tampoco buscó imponerlo a dedo. Duque no fue el producto de una determinación arbitraria de Uribe. Duque no fue el que dijo Uribe, porque Uribe forzó un proceso de selección que obligaba a Duque a ganarlo voto a voto. A él nadie le regaló nada en su candidatura. El propio Uribe, fiel a la regla que impusieron, solo promovió su candidatura con toda energía y dedicación cuando Duque se ganó la condición de candidato oficial del partido. Para llegar a la presidencia, a Duque le tocó ganarse seis duras batallas.

Primera: la de ser el mejor senador de la bancada. Segunda: la de lograr un proceso democrático de selección del candidato del partido a la presidencia, diferente de una convención interna. Tercera: la de ganar la contienda entre los precandidatos del Centro Democrático con un sistema escalonado y progresivo de encuestas entre militantes y no militantes. Cuarta: la de ganar la consulta interpartidista, lo que a la postre condujo a esa poderosa fórmula con esa mujer sobresaliente que es Marta Lucía. Quinta: la de ganar la primera vuelta compitiendo con los pesos pesados de la política colombiana. Sexta: la de ganar la segunda vuelta contra Gustavo Petro.

Y la batalla más dura de Iván Duque, la séptima, comienza ahora. Gobernar con eficacia, justicia, firmeza y ponderación, haciendo un corte de cuentas con el gobierno que sale, pero sin retrovisor paralizante. Marcando las diferencias, preservando lo rescatable pero rectificando el rumbo de un país que recibe bastante descuadernado en lo político, en lo institucional, en lo social y en lo económico. Honrando con lealtad los compromisos ideológicos y programáticos con sus electores, pero gobernando para todos los colombianos, incorporando, incluso, las buenas ideas y propuestas de candidatos derrotados.

La importante votación de Gustavo Petro, la abstención y los votos en blanco deben ser un campanazo para todo el establecimiento de los poderes en Colombia.

Es claro. Si el gobierno de Duque sigue por la senda de dilaciones, indolencia social, despilfarro de recursos y burocratismos del gobierno que se va, apretando con crueles reformas tributarias a la gente, dentro de cuatro años Gustavo Petro tendrá grandes posibilidades de ganar la presidencia. Si la implementación de los acuerdos de paz (y la JEP) sigue por esta ruta de anarquía y desorden, con incumplimientos desvergonzados de parte y parte, los nuevos estallidos violentos serán inevitables. Petro interpretó a gruesas capas de la población, desesperadas con la desigualdad y la corrupción. Que a nadie le quepa duda.

A diferencia de Santos, Duque debe gobernar más con la gente que con los partidos políticos. Debe gobernar más con los expertos, los buenos técnicos y los jóvenes descontaminados que con amigos y cuotas políticas. Y, a diferencia de Santos, no debe maltratar a su antecesor. Santos cometió muchos errores, pero también deja legados importantes. En efecto, si Duque no maltrata al presidente saliente y a su gente, ello no debe entenderse como un gesto de debilidad por sectores extremos, sino como un acto de grandeza por toda la sociedad.

¡Que Dios lo acompañe y lo proteja, presidente Iván Duque, por el bien de este país maravilloso, noble, bueno y maltratado! ¡Que Dios proteja a Colombia!

JUAN LOZANO

Columnistas

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