¿Ya cerraron?

¿Ya cerraron?

El impuntual nace, no se hace. Y contra lo que piensan sus críticos más severos, sus censores, el propósito del impuntual nunca es molestar al prójimo ni desperdiciar su tiempo.

16 de noviembre 2016 , 06:25 p.m.

Debo confesar que toda la vida fui un impuntual riguroso y sin remedio: uno de esos que siempre van detrás del reloj recogiendo sus migajas, levantándole la mano desde el paradero cuando ya va en la otra esquina. Al principio, claro, me angustiaba mucho, corría, trataba de llegar a tiempo. Pero muy pronto entendí que eso era imposible y que por más esfuerzos que hiciera nada iba a cambiar.

Desde entonces asumí mi impuntualidad como una especie de destino irrevocable; como una condición de mi vida que debía de ser tan natural como el color de mis ojos, o como el timbre de mi voz, o como la costumbre de oler los libros al abrirlos. Digamos que me resigné a vivir siempre tarde, y luego me pareció que no podía ser de otra manera, pues todos mis gustos y mis pasiones son igual de impuntuales.

Pero la vida pasa y es implacable, nos vamos volviendo viejos, las costumbres se relajan. Y uno va perdiendo sus virtudes y sus reflejos. Tanto que de unos años para acá he empezado a notar con verdadero horror que llego a la hora exacta a todos lados, cuando no me pasa algo aún más grave y monstruoso, que es estar en todas las citas cinco o diez minutos antes. No sé adónde iré a parar, así empiezan las peores aberraciones.

A veces, cuando soy consciente de mi problema, cuando descubro que estoy llegando a tiempo, me invento mil caminos y estrategias (algunos de ellos en verdad ridículos; una vez fingí un infarto, pero ya tampoco soy hipocondriaco) para no permitirlo de ninguna manera. Es inútil: la impuntualidad es como la belleza, que se pierde y nunca regresa. Y todo su valor moral está en que sea espontánea, que nazca del corazón.

Porque además quiero decir una cosa, ahora que soy un converso; ahora que ya no vivo corriendo y entrando a todos lados, sonriente y vergonzante, ofreciendo excusas, cuando ya todo comenzó. El impuntual nace, no se hace. Y contra lo que piensan sus críticos más severos, sus censores, el propósito del impuntual nunca es molestar al prójimo ni desperdiciar su tiempo.

Esa es la teoría un poco obvia de los indignados: que la impuntualidad es ante todo una falta de respeto, un acto de desconsideración con los demás. Como si el impuntual fuera un conspirador y un intrigante que dilata a propósito las horas y los minutos, que juega con ellos y los rompe en mil pedazos –el tiempo no es mercurio– para no cumplir jamás sus compromisos.

No es cierto. Porque la impuntualidad, como lo han demostrado muchos estudios científicos, entre ellos los de Diana DeLonzor, la impuntualidad no es una grosería ni un defecto vulgar sino una condición crónica que rara vez se cura, ah desgracia la mía, y que nace de uno de los rasgos humanos más nobles que pueda haber, el optimismo. La certeza de que todo es posible.

El impuntual, dice DeLonzor, sale de su casa creyendo que el día le va a alcanzar para todo. Y aun si se despierta temprano, sale tarde; cuanto más tiempo tiene, menos le alcanza. Eso es porque mide mal las distancias, redondea todos los trayectos, en su cabeza solo hay una unidad de medida: ‘10 minutos’. Esa es su respuesta siempre que lo llaman (o la llaman) a increparle su tardanza: “en 10 minutos llego”.

En Colombia esa unidad de medida, lo sabemos bien, va en diminutivo: ‘10 minuticos’. Si la cita es a las 3, a esa hora salimos. Ya lo decía, de paso por aquí, André Maurois: “Cuando estés en Colombia llega siempre tarde; de lo contrario llegarás antes de tiempo”.

Es mejor lo que le dijo Cicerón a un esclavo suyo: “Numquam sero te venisse putabo, si salvus veneris...”. Mejor dicho: “Nunca creeré que llegas tarde si llegas bien”.

Defensa más bella de la impuntualidad no hay. La otra ya viene.


Juan Esteban Constaín

catuloelperro@hotmail.com

Columnistas

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