¿Y por qué no?

¿Y por qué no?

Todo premio literario es un capricho, y escoger un solo nombre implica la negación de todos los demás. Así funcionan las cosas y creer en una especie de 'merecimiento absoluto' no tiene ningún sentido.

20 de octubre 2016 , 03:32 a.m.

Hay una obra de teatro de Alejandro Casona, bellísima como todas las suyas, que se llama 'La barca sin pescador'. Yo la recuerdo con mucho afecto porque además tuve la suerte en la vida, cuando era niño, de oírla en la boca de Asita de Mallarino, quien nos tuvo a varios con los ojos abiertos durante días mientras ella la leía en un libro finísimo de tapas de cuero, firmado por el autor, que era su amigo.

En esa obra hay una escena al principio que es la que de alguna manera desencadena el argumento, en ella están el diablo y un hombre desesperado. Están haciendo el famoso pacto, por supuesto. El diablo se compromete a salvar de la ruina a su potencial cliente –que al final cede–, solo si él ejecuta el gesto en apariencia insignificante de echar a rodar una esfera terrestre que está ahí, para luego pararla con el dedo en un sitio al azar.

En ese sitio, en ese instante en que el dedo lo señale, morirá un hombre. Ese es el pacto, eso es lo que hay que hacer. Entonces el diablo pone a girar el mundo; su cliente duda, lo piensa mucho, todo le tiembla. Hasta que cierra los ojos y estira la mano: un lugar no muy lejos de allí, qué coincidencia, ha sido escogido. En él va a morir un pescador que alistaba su red.

Así empieza la obra, pero no es de ella de lo que quiero hablar sino de Bob Dylan y el Premio Nobel. Porque una vez, hace años que discutíamos con un amigo sobre la Academia Sueca y sus manías, me dijo él que a veces parecía como si así procedieran sus miembros, como si así escogieran a alguien cada año: con el mundo rodando a ciegas para luego pararlo y poner el dedo en un sitio cualquiera, cuanto más raro mejor.

Jorge Luis Borges, quien nunca lo obtuvo, decía que el Nobel era una especie de lotería geográfica y que a los académicos suecos parecía importarles más ese absurdo sistema de cuotas que los méritos literarios del laureado de turno. Claro: esa era una ironía feroz de quien sabía que esa gloria le iba a ser esquiva para siempre, aunque Borges fuera más grande y más importante que el Premio Nobel.

Y todos los años, desde mediados de septiembre, el ritual de la espera es siempre el mismo, acompañado por la ansiedad universal de saber quién será el nuevo bendecido. A veces es un nombre inobjetable, pero también muchas veces es la revelación de un absoluto misterio. Entonces empiezan los expertos, aun los de última hora, a pontificar; las polémicas se encienden y no se apagarán sino hasta octubre del próximo año.

Porque todo premio literario, por justo que sea, es un capricho, y escoger un solo nombre implica la negación de todos los demás. Así funcionan las cosas, y creer en una especie de ‘merecimiento absoluto’ no tiene ningún sentido, porque siempre habrá quienes piensen que otro era muchísimo mejor que el que fue. Y aun la historia del Premio Nobel está salpicada, cómo no, de nombres indignos.

Pero nunca el debate había sido tan desgarrador como este año en que se lo dieron a Bob Dylan, que es uno de los genios de la humanidad, la cual está hoy partida en dos mitades irreconciliables: la de quienes creen (para resumir) que es un premio inmerecido porque Dylan es un músico, no un escritor; y la de quienes creemos que la Academia Sueca está celebrando la obra de un grandísimo poeta, el valor literario de sus canciones.

Sin duda este año había muchos escritores magníficos que también se merecen un Nobel; todos los años los hay. Pero qué hacemos: la Academia Sueca, cuya gran pasión es el desconcierto, escogió el nombre de Bob Dylan, quien tiene más merecimientos literarios –sí– que muchos de quienes se lo ganaron en ocasiones anteriores. Con una diferencia: esta vez es el laureado el que honra al premio, no al revés.

Quizás por eso no dice nada Robert Allen Zimmerman sobre ese honor tan codiciado por otros que le acaban de dar en Estocolmo: porque es que de verdad no le importa, le da igual.

Así son los poetas de verdad, qué hacemos. Mejor soplar el viento.


Juan Esteban Constaín

catuloelperro@hotmail.com

Columnistas

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