Volver allí

Volver allí

Es como si nuestros pobres ídolos juveniles, pobres de ellos, de verdad, nos hubieran engañado.

07 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

Hay una forma del odio y del desprecio que solo nos producen ciertos autores a los que leímos y adoramos en nuestra juventud. Por lo general, cuando eso ocurre (no siempre es así, por suerte), son los que más respuestas y deslumbramientos parecían ofrecernos: los que creímos que serían eternos y que eran perfectos, como en el amor adolescente, porque eso era.

De hecho, esa deserción a algunos de nuestros dioses juveniles, muchas veces los más emblemáticos, tiene el sello muy particular del desengaño amoroso, y tanto odio solo es comprensible donde hubo amor e ilusión; solo donde hubo un fuego así, que parecía dar cuenta de todo, se explican esas cenizas cada vez más candentes, atizadas por la furia, por el resentimiento, por la ingratitud.

Es como si nuestros pobres ídolos juveniles, pobres de ellos, de verdad, nos hubieran engañado; como si nos hubieran quedado debiendo algo, como si hubiera sido culpa suya –increíble– ese fanatismo excluyente y feroz con el que los leímos y que nos acompañaba a todas partes, y veíamos con piedad y arrogancia a quien no se había enterado de tanta grandeza, o éramos pastores de ese credo que nos parecía el único posible.

Cuando alguien odia mucho a Julio Cortázar, por ejemplo, o a Hermann Hesse o a Mario Benedetti o incluso ya a Roberto Bolaño es porque allí hay un amor renegado, una admiración que se siente ofendida y traicionada; no siempre es eso, claro que no, pero casi siempre lo es. El viejo ritual de matar a los dioses, sacrificarlos, para descubrir que crecimos y que ya no estamos allí.

Nos ensañamos con algunos ídolos de nuestro pasado para no tener que ensañarnos con nosotros mismos

Y eso pasa no solo con la literatura sino también con otras idolatrías de la adolescencia, con todos los símbolos de esa iniciación que han cumplido su propósito y luego parecen tan precarios y tan pobres, qué injusticia. Pasa con cierta música que era la única que nos gustaba y luego no la podemos ni ver, valga la paradoja, pasa con ese maestro del principio que tanto nos fascinó y al que después miramos por encima del hombro.

Hombre: pasa hasta con los papás, sobre todo con ellos, aunque quizás ese sí sea otro problema, otro tema. Pero en el caso de la literatura es mucho más evidente su carácter ‘revelador’ y ‘fundacional’, qué palabras tan horribles, en la concepción del mundo de la gente, en su ‘educación sentimental’. Por eso en ella son tan claros, y tan atroces y tan injustos y tan apasionados, los desengaños de la juventud.

Yo tengo que confesar que ninguno de los autores a los que más quiero desde que empecé a leer me ha defraudado, ninguno quedó debiéndome nada, faltaba más. Incluso es al revés, y muchos de ellos me parecen cada vez mejores, más interesantes. Como decía de 'El gatopardo' Gesualdo Bufalino, que es un libro que “crece con uno” y cada vez que lo abrimos, en cualquier momento de la vida, nos enseña algo nuevo, nos maravilla igual.

Me pasó hace poco, eso sí, que me reencontré con un autor al que leí muchísimo, pero muchísimo, hace 20 años: Eugenio d’Ors, Eugeni. No es que fuera mi escritor favorito –era Dickens, lo es– pero sí me pareció magnífico, muy inteligente y sugestivo. Luego le cogí una gran pereza, quizás por su impúdico franquismo, dejé de leerlo y siempre tuve la sensación de que ya no era tan bueno, lo recordaba con desprecio.

Pero ayer, organizando libros, me reencontré con él, abrí su Glosario y lo hojeé y volvió a parecerme extraordinario. Entonces pensé eso: que nos ensañamos con algunos ídolos de nuestro pasado para no tener que ensañarnos con nosotros mismos; que lo que tanto nos molesta de ellos son los ojos con que los admiramos, lo que éramos entonces.

Hasta que un día volvemos allí y aceptamos lo injustos que fuimos: la última injusticia de nuestra adolescencia, ojalá.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

Columnistas

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