Si hay Dios

Si hay Dios

Ojalá todo fuera tan elemental y tan claro y tan obvio como creen verlo y entenderlo muchos.

07 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

El problema –y la maravilla– del diálogo antiquísimo entre la razón y la fe es que al final no puede ser sino un diálogo de sordos: un esfuerzo a la vez conmovedor y terrible por contrarrestar dos ámbitos de la vida y la experiencia humanas que pertenecen cada uno a una frecuencia radial diferente, digamos, a ondas de radar que pocas veces coinciden y cuando lo hacen es para emitir un ruido incomprensible y aturdidor: fffffff, shhhh.

Lo cual no quiere decir, claro que no, que una misma persona no pueda tener ambas experiencias y cada una a su manera; que una misma antena, digamos, no pueda abarcar esos dos canales desde los cuales se teje una interpretación del mundo, el del misterio de la religión y el de las certezas y las evidencias de la ciencia. De hecho la historia está llena de gente así: científicos con una profunda inquietud religiosa, y creyentes con un aparato conceptual casi tan riguroso como el de un físico o un músico.

El problema, repito, es que son fenómenos distintos, en el sentido más profundo de la palabra: manifestaciones, expresiones de la vida que no están, ni tienen por qué estarlo, en el mismo territorio, aunque en ambas parezca haber un relato que puede enfrentarse con gran facilidad y provecho: el relato simbólico de la fe (el mito religioso del hombre que crea a dios que crea al hombre, y así al infinito) y el relato empírico de la razón.

Esa es la gran conquista de la Modernidad y su gran consecuencia, la muerte de dios.

Lo que pasa es que no es tan fácil, ojalá lo fuera, y ‘ojalá’ es una palabra árabe que quiere decir ‘si Dios quiere’: ojalá todo fuera tan elemental y tan claro y tan obvio como creen verlo y entenderlo muchos; ojalá el problema de la religión fuera solo el de unos seres enceguecidos y manipulados y embrutecidos por esa gran mentira, esa gran estafa a la que llamamos ‘dios’ y que se acaba con la acción corrosiva de la razón y el escepticismo.

Esa es la gran conquista de la Modernidad y su gran consecuencia, la muerte de dios. En eso consiste la Modernidad, al final: en el triunfo de la razón sobre la fe; en el desmantelamiento de la teología como método de conocimiento principal del ser humano, remplazado por el método científico, en el que la verdad no es una revelación sino una conquista racional y lógica: un proceso intelectual nutrido de evidencias, no de ritos.

Y sin embargo, la vivencia religiosa sigue siendo un hecho multitudinario en el mundo entero, y no creo que para explicarlo baste decir que se trata solo de una superstición y de un error: una etapa transitoria y dolorosa hacia la verdad (La Verdad), que ya llegará cuando las luces de la razón y de la ciencia y del pensamiento crítico descorran los velos de esa gran ilusión que mantiene cautivos a tantos, pobres diablos.

Lo curioso es que esa visión de las cosas, sin matices ni profundidad, parece en sí misma un discurso religioso: una lectura dogmática de la vida de la gente, semejante problema tan berraco; una concepción del mundo que incluso engendra apóstoles, mártires, iglesias y congregaciones: el espíritu mesiánico y proselitista del que va por doquier en permanente catequesis, credo en mano. La fe del que niega la fe.

Solo que la fe es un acto de fe en la fe –nada más– y por eso es arbitraria y caprichosa y sin razón, obvio, pero es que de eso se trata, en eso consiste. Y mucha gente la profesa porque quiere, porque se le da la gana, y no solo por falta de información científica ni por desviaciones pedagógicas y culturales de la sociedad en la que vive. Hay quienes sienten el hecho religioso en lo más profundo de su ser, qué hacemos, y no siempre es mala fe.

Incluso, como en una caricatura que vi un día, hace años, puede pasar que baje dios a decirnos que no existe, y aun así muchos no le vamos a creer.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

Columnistas

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