Políticos de verdad

Políticos de verdad

Suelen cultivar la virtud suprema del cinismo, y les importa un bledo lo que nadie piense de ellos.

17 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

Siempre me ha intrigado y casi enternecido la suerte del político de oficio en Colombia: el manzanillo, el gamonal, el curulero. Digamos que el político en el sentido menos rimbombante y menos romántico y menos elevado de la expresión: el profesional de esa actividad tan horrible y tan ingrata, que en su caso se vuelve, sin embargo, un destino imposible de dejar, una especie de vocación religiosa y de por vida.

Claro: no se trata de intentar aquí una defensa de ese gremio que hunde sus raíces en lo más perverso de nuestra historia y nuestra forma de ser, porque además sería una defensa inútil y no pedida: el político de oficio suele cultivar la virtud suprema del cinismo, y le importa un bledo lo que nadie piense de él, mucho menos los indignados, o los analistas, o los académicos, o los periodistas: nadie.

Es más: cuanto peor sea la imagen del político como arquetipo social, cuanto peor nombre tenga la política como quehacer, mejor para quienes se dedican a ella desde esa perspectiva que es solo utilitaria y no tiene que ver ni con las ideas ni con la moral ni con el futuro ni con nada, solo con la obtención del poder y sus beneficios y gabelas: la política como el medio que permite ese fin y ya; el Estado como un botín, no más.

¿Que eso es terrible, devastador? Sin duda, no lo niegan ni siquiera quienes protagonizan y propician semejante ruina; ellos menos que nadie, la patria por encima de los partidos. ¿Que esa es la peor degradación de una actividad nobilísima que debería remontarse a los griegos pero es más una verbena y una compra descarada de todo, desde el voto hasta la consciencia? Así es.

Los estadistas estaban pensando en la próxima generación, para usar la frase que tanto les gusta, sin saber quién les estaba ganando la próxima elección

Y lo que uno pueda y quiera decir de esos políticos es cierto: que son corruptos, que son machistas, que son feos. Ellos lo saben bien; incluso hacen chistes con su propia condición, se ríen de sí mismos porque brutos no son. Y tienen un conocimiento milimétrico de sus regiones, y para lo que buscan en la vida (los votos, el poder) tienen un nivel de eficiencia que ya querríamos en otros ámbitos de la sociedad.

Sé que es una simplificación de un problema muy complejo y muy antiguo, y muy estudiado, en el que confluyen además desgracias de fondo como el despojo, la violencia en todas sus especies, el saqueo del erario, el narcotráfico, el clientelismo, el contrabando, la perversión de la democracia que se vuelve así un favor particular y mesiánico que el cacique les hace a sus beneficiarios.

Luego, como un ritual, con la misma periodicidad de las elecciones, llegan los escándalos, la constatación de lo que ya se sabía. Entonces nuestra élite iluminada –que no es ni lo uno ni lo otro– se rasga las vestiduras, se indigna con su propio camino hacia el poder. Los estadistas estaban pensando en la próxima generación, para usar la frase que tanto les gusta, sin saber quién les estaba ganando la próxima elección.

Es allí donde uno no puede dejar de sentir cierta lástima con esos políticos de oficio y su cinismo y su amoralidad y su descaro y su bajeza: usados siempre como la bujía sin la cual no existe ni funciona el poder político en Colombia, pero usados también como la piedra expiatoria sobre la que es muy fácil descargar toda el agua sucia del régimen, todos los vicios de sus verdaderos dueños, que así se perpetúan y se salvan.

Lo curioso es que el político (llamémoslo así) sabe bien que aun eso puede ocurrir y que su oficio también incluye el riesgo, llegado el momento, de cargar con la culpa de todos. Es un precio menor para lo que ha ganado en la vida y es quizás una forma obscena de recordar cómo lo cortejaban los estadistas cuando necesitaron de sus votos para ganar.

Como amantes negadas que saben que no se las puede negar.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

Columnistas

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