La misión del deber

La misión del deber

No hay virtud más alta en la vida que esa, la imperturbabilidad, la impavidez, el estoicismo.

06 de julio 2017 , 12:00 a.m.

Se llama Simon Smith y desde ya es uno de mis héroes en la vida; un absoluto estadista y el candidato imbatible a personaje del año en el mundo este año, pase lo que pase de aquí a diciembre. Se sabe poco de él, solo que es inglés, que maneja un camión para transportar comida, que tiene una moto y que hace unos días iba muy tranquilo por la calle, caminando, cuando un bus sin control se lo llevó por delante.

Y como ahora todo queda grabado y desde todos los ángulos, todo el tiempo, el video del accidente es aterrador y espectacular, de película: un hombre –el señor Smith, ídolo– va cruzando la calle en su pueblo natal, Reading, Inglaterra. La cruza sin problema hasta el andén, de la nada aparece un bus a toda velocidad y lo arrastra casi 15 metros. Él apenas si alcanza a mirar; vuelan vidrios, palos, un poste.

Pero lo mejor de ese video es lo que viene luego, después de la embestida. Parecería que allí hubo una guerra, todo queda destrozado. Y entonces, como si nada, Simon Smith se levanta de entre los escombros, se limpia el pantalón y la camisa, revisa con total serenidad que cada parte de su cuerpo esté donde debe estar y entra muy elegante, aunque cojeando, al bar en el que el bus lo dejó.

De hecho, la prensa británica ha podido establecer que el señor Smith iba para ese bar del que es viejo cliente, La Tortuga Púrpura, cuando ‘el destino lo atropelló’, como se suele decir en estos casos; solo que esta vez lo atropelló en el sentido literal de la palabra. Y fue como si lo hubiera dejado en la puerta misma del local, justo allí. Se levantó, se sacudió el polvo, y para adentro: a lo que vinimos; que nada nos desvíe de lo fundamental.

El tipo que va para un bar y lo atropella un bus, fatalidad. ¿Qué hace si sobrevive, llorar sobre la leche derramada?

Yo en esto no soy objetivo, la verdad, porque siempre he creído que no hay virtud más alta en la vida que esa, la imperturbabilidad, la impavidez, la flema, el estoicismo. Sobre todo cuando los resortes del ridículo y del absurdo se disparan todos al tiempo en el mundo, algo que sucede con inquietante frecuencia; casi como si el mundo estuviera hecho solo de sus momentos más grotescos, eso es el mundo.

Entonces florece allí, en algunos espíritus de excepción, una templanza casi suicida y heroica, un dominio del ánimo y del infortunio que no tienen ni han tenido en la historia muchos grandes generales, o grandes políticos, o grandes filósofos, o incluso grandes corredores de carros de carreras o grandes cirujanos a corazón abierto. Algunos creen que es puro cinismo, desapego, buena suerte; para mí es un triunfo moral como no hay otro.

Eso: el tipo que va para un bar y lo atropella un bus, fatalidad. ¿Qué hace si sobrevive, llorar sobre la leche derramada? ¿Gritar, buscar explicaciones a lo que acaso no las tiene? No. “El ridículo deshonra más que la deshonra misma”, decía La Rochefoucauld. Y eso debió de pensar también Simon Smith, quien se para y se limpia como si lo hubiera distraído la lluvia, se para y va por su cerveza. Un profesional.

Como Joaquín Murat, el mariscal de Napoleón, quizás el mejor, ante el pelotón de fusilamiento que lo iba a matar. Les dijo a sus verdugos que dejaran esa cara de miedo y de tristeza, que miraran al frente; se abrió él mismo la chaqueta y dio la orden para disparar. O como Saki, el magnífico escritor, quien murió combatiendo en una trinchera de la Primera Guerra Mundial. Sus últimas palabras fueron: “Apaguen ya ese puto cigarrillo”.

Reading es la ciudad donde está no solo La Tortuga Púrpura, qué más, sino también la famosa cárcel en la que Oscar Wilde pagó durante dos años el delito de ser quien era. Le dijo a un amigo: “De mi celda solo me molesta el papel de colgadura”.

Esos son los imprescindibles, decía Bertolt Brecht.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

Columnistas

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