La máquina del tiempo

La máquina del tiempo

El poeta latino Ovidio puede regresar por fin a Italia, ya no le debe nada a nadie.

21 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

La noticia la dio la semana pasada el periódico romano La Repubblica, una noticia de palpitante actualidad, una especie de bálsamo y consuelo en medio de tantos sobresaltos: después de más de dos mil años de haber sido condenado al exilio por el emperador Augusto, el poeta latino Ovidio puede regresar por fin a Italia, ya no le debe nada a nadie. Queda absuelto, se ha hecho justicia.

Lo que ocurrió en realidad es aún mejor, porque dos concejales de Roma, miembros del Movimiento Cinco Estrellas, un movimiento demagógico y absurdo liderado por un cómico –un payaso, Beppe Grillo–, decidieron presentar una moción para que la ciudad reparara el error histórico y la injusticia de haber expulsado a uno de sus más grandes poetas, obligándolo a exiliarse muy lejos, junto al mar.

El pobre Ovidio se fue para Tomis (hoy Constanza, en Rumania), una ciudad de la Escitia Menor, en el mar Negro. Y aunque movió todas las palancas que pudo para librarse de ese castigo que le parecía peor que la muerte, no pudo hacer nada y el emperador Augusto fue implacable y lo desterró, “que se vaya con su lira para otra parte”. Y en efecto: los poemas escritos por Ovidio en el exilio son lo mejor de su obra, quizás, lo más bello.

Nunca pudo volver, jamás volvió a caminar esas calles que alguna vez ardieron con sus poemas de amor. Y luego, muy lejos, en un mar que no era el suyo, su voz fue solo la de la tristeza.

Porque todos ellos destilan sabiduría y nostalgia, el apego abrasador del que sabe que nunca más podrá volver a su patria, y entonces la idealiza como nunca y la ve por primera vez en todo su esplendor; solo con sus virtudes y sin ninguno de sus defectos. De hecho, muchos de esos poemas de Ovidio son una carta: una carta en la que no importa el destinatario porque su único destinatario verdadero es Roma, la ciudad.

Y él les dice, más o menos: “Vayan ustedes, ahora que no puedo ir yo...”. Son poemas desolados en los que el poeta también revela las razones que lo pudieron haber llevado a caer en desgracia con el Emperador, y escribe: “Dos crímenes me perdieron: un verso y un error; pero callaré de quién es la culpa”. Más o menos. Lo que en realidad parece que ocurrió es que Ovidio se acostaba con la hija o con la hermana del César, o con las dos.

En un momento de la vida del Emperador en que empezaron a atormentarlo la decadencia y la corrupción de Roma, el desenfreno, el sexo, la vida feliz de los demás. Parece que se volvió un beato insoportable, según Gaston Boissier, según Estacio; parece que se volvió un moralista y un inquisidor. Y Ovidio era el alma de todas las fiestas, hasta que una vez le preguntó Augusto: “¿Te has acostado con mi hermana?”. Le respondió el poeta: “No todavía, no todavía...”.

Al otro día, como en 'El Chavo del 8' cuando el Chavo se va de la vecindad, Ovidio iba camino del exilio con un palito y una bolsa al hombro, unos pocos libros, unos pocos amigos que lo acompañaban hasta la puerta, nada más. Nunca pudo volver, jamás volvió a caminar esas calles que alguna vez ardieron con sus poemas de amor. Y luego, muy lejos, en un mar que no era el suyo, su voz fue solo la de la tristeza. Murió en el año 17 o en el 18 después de Cristo, nadie lo sabe con certeza.

Pero ahora, como lo dice la noticia de La Repubblica, dos políticos italianos “activaron la máquina del tiempo” para que Ovidio pueda por fin regresar: dos mil años apenas han pasado, eso es lo que dura cualquier destierro. Quién sabe si el óxido y el dolor de tantos días, tantas noches, se puedan borrar; quién sabe si él quiera volver, podría ser que no. La ciudad de Roma le pide perdón, le dice que eso nunca debió pasar.

Ahora: se abre una puerta inagotable para reparar todas las injusticias de la historia, para deshacer todas las afrentas y todas las infamias que sufrieron quienes no se las merecían.

Se abren muchas puertas, sí. Pero nunca es tarde, por eso existe la poesía.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

Columnistas

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