El último apaga

El último apaga

A veces hay descubrimientos así en el mundo: una biblioteca oculta por 200 años.

03 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

La noticia circuló hace un par de meses y mucha gente la colgó de inmediato en sus redes sociales: una de esas típicas historias que ahora llaman ‘virales’, y que van de mano en mano por internet como la famosa moneda falsa, arrastradas casi siempre por algún titular estridente, cuanto más lo sea, mejor. Muchas veces uno muerde el anzuelo y no es sino eso: una trampa; una tontería embutida en el escándalo.

En este caso la historia sonaba muy bien: “Encuentran en Bélgica una biblioteca que permaneció oculta por más de doscientos años”. Un cuento perfecto, todo el misterio ya allí. Hay incluso una foto: un viejo y pequeño salón con estantes de madera llenos de libros del siglo XVIII (en su mayoría), una esfera terrestre también antigua sobre una mesa, un par de sillas, dos lámparas que le dan al lugar una luz tenue y difícil.

Dice la noticia que el ‘descubrimiento’ lo hizo Henri Godts, un afamado anticuario belga al que se le presentó un día una familia de Bouillon para pedirle que fuera hasta su casa a ‘revisar’ el ático en el que había unos libros viejos de un antepasado suyo. Cuando Godts entró no lo podía creer: era como una “cápsula del tiempo” (son sus palabras), con todo tal como se supone que lo dejó su dueño hace dos siglos.

El periódico belga Le Vif, del cual sacaron todos los demás medios del mundo la información para echarla a rodar por la red en dos segundos, no dice sin embargo casi nada más, solo que el propietario de ese tesoro fue un exiliado de la Revolución francesa al que el terror de la guillotina, como a tantos, obligó a huir de París pies en polvorosa, con los pedazos de su vida que cupieran en una maleta. En una biblioteca.

Dos siglos contenidos allí en las lecturas y la pasión intelectual de un emigrado de esa tiranía que levantaron quienes decían estar en contra de la tiranía

Ni siquiera sabemos el nombre del heroico bibliófilo que se salvó de la libertad, la igualdad y la fraternidad –muy de buenas–, pero por el catálogo de sus libros se ve que tenía que ser un lector sobresaliente aun en esa época, y si no lo era por lo menos tenía que ser un coleccionista de gran criterio, pues en su biblioteca hay también mapas y documentos que valen la fortuna, o más, que hoy se paga por ellos en las subastas de Europa.

Pero lo mejor de la historia sigue siendo, sin duda, lo que no está dicho en ella; lo que no sabemos ni se nos revela, la novela que completa cada quien al imaginarse la escena del pobre sabio (yo lo veo así: un escéptico que no cree en ningún exceso; un cínico) al sacar por la noche, sobre unas mulas mal comidas, sus libros, su vida entera. Ya es de madrugada y lo apuran para irse, algunos tiene que sacrificar.

Así es la imagen de ese cuarto al que no le pasó el tiempo, en el que el tiempo no ocurrió. Por eso un periódico español le da a la noticia un titular cursi y a la vez perfecto y evocador: ‘La biblioteca durmiente’: dos siglos contenidos allí en las lecturas y la pasión intelectual de un emigrado de esa tiranía que levantaron quienes decían estar en contra de la tiranía; la dictadura de quienes decían combatirla.

A veces hay descubrimientos así en el mundo: una civilización entera y milenaria que latía debajo de una montaña, un lujoso apartamento cerrado desde 1945, una carta que llega un siglo después, el violín extraviado que fue de un virtuoso en 1814 y solo ahora alguien lo encuentra en un sótano, una botella de vino que estuvo por décadas esperando a que alguien la sacara de su caja...

Como la lámpara del genio: hay que frotarla tres veces y se despierta otra vez la historia donde un día se quedó. No hay que olvidar que una tarde de enero de 1913 estuvieron en la misma calle de Viena tres jóvenes que luego serían Hitler, Stalin y Tito. En la nieve, seguro, se cruzaron sus pasos.

Sonríe un lector. Que el último apague la luz.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

Columnistas

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