El mundo al vuelo

El mundo al vuelo

Turistas son siempre los demás, no uno. “Yo soy un viajero”, dicen, en el colmo de la arrogancia.

10 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

Todos los turistas tienen (tenemos) un rasgo por excelencia que es el odio al turista y al turismo: el sentimiento jactancioso de que uno sí va a los sitios como debe ser, mientras los demás son una horda arrolladora e insoportable de japoneses en chancletas que no dejan ver nada, que encarecen todo, que aumentan las filas, que nos quitan las sillas de los restaurantes y del bus y que solo están allí para tomarse una selfi.

Los italianos tienen una gran frase para criticar la forma en que los italianos son inmejorables criticándose a sí mismos pero siempre como si no lo fueran, como si el que emite la crítica estuviera por fuera de los rasgos que tanto le molestan y que puede describir y despreciar de una manera a la vez perfecta y distante: “Italianos son siempre los demás”, dice la frase, y uno la puede usar para lo que quiera.

Turistas son siempre los demás, no uno. “Yo soy un viajero”, me dijo una vez un amigo en el colmo de la arrogancia cuando íbamos en una larguísima fila a ver algún monumento famoso en algún sitio famoso. Caminábamos muy lento entre la multitud, y a cada paso mi amigo maldecía de esa plaga. Le dije entonces que nosotros estábamos en ella, que ella éramos, y me respondió eso: “Yo soy un viajero, no un turista”.

Parece, sin embargo, que el odio hacia los turistas ya no es solo una cosa de los turistas sino que se ha extendido también, y por obvias razones, a los propios raizales de los lugares que son el destino y la presa de esa turba voraz que todo lo quiere ver y visitar, todo se lo quiere comer, todo lo quiere fotografiar con su celular. Esos sitios ya no solo se lucran de los ‘viajeros’ (como diría mi amigo), ahora también los odian.

Parece que el odio hacia los turistas se ha extendido a los propios raizales de los lugares que son el destino de esa turba voraz que todo lo quiere ver y visitar

Yo conozco bien esa forma del odio y la melancolía por unos amigos venecianos que viven en su ciudad como si no estuvieran en ella, o como si la hubieran vuelto un exilio y un refugio de calles y laberintos en los que nunca, o casi nunca, se cruzan con los miles de visitantes que la recorren a diario, cámara en mano. Aunque ya debe de haber un guía que haga ese paseo: “La Venecia de los venecianos, 30 euros y sombrero”.

También Barcelona está en pie de guerra contra el ruido de las maletas todo el día y toda la noche por sus calles, y París, y Nueva York, y Roma: ya nadie se aguanta un turista más. Menos ahora que internet lo ha hecho todo más fácil (por eso a veces también más difícil) y el mundo entero es al mismo tiempo un hotel, un taxi y un aeropuerto. Desde el computador o el teléfono llega uno adonde quiera.

El viaje como una adulteración: ir de aquí para allá para ver siempre más o menos lo mismo –eso es viajar: un espejo–, en lugares que se han ido prostituyendo y difuminando y que son cada vez más una caricatura de su propio espíritu: la imagen resignada y complaciente, de artesanía, que se acomoda a los prejuicios con los que llega el turista, el viajero. Como si todo fuera un hotel de Las Vegas, qué paradoja, salvo Las Vegas.

¿Puede eso cambiar? Los que saben dicen que no, que al contrario. Por mucho odio que tengan los raizales contra la plaga (raizales que igual viajan ellos también; raizales que afuera son turistas), por muchos carteles que cuelguen: detrás del turismo está la máquina desaforada de un negocio cada vez más rentable y envilecido; la máquina sin remedio de la humanidad, más bien, masificada como nunca antes en su historia.

La idea romántica del viaje como una proeza casi espiritual solo existe hoy en la literatura: en Estrabón, en James Boswell, en Humboldt, en el inolvidable Michael Jacobs. La realidad, en cambio, es un estadio de fútbol que va en bus: 10 noches, 15 ciudades.

Y eso es culpa de los otros, nosotros.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

Columnistas

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