El mejor ejemplo

El mejor ejemplo

En todas la reseñas de libros de Hernando Téllez hay una lección de amor y de respeto.

08 de junio 2017 , 12:00 a.m.

El Instituto Caro y Cuervo, que es sin duda una de las empresas más bellas de Colombia en toda su historia –una empresa en el mejor sentido de la palabra, una proeza–, acaba de publicar tres tomos con la crítica literaria de Hernando Téllez, quien fue no solo un inmenso crítico literario, político y cultural, uno de los mejores, sino también un magnífico prosista, un ejemplo de armonía, lucidez y claridad.

Nuestro país le debía a don Hernando, como se la debe a tantos más, una edición así de su obra, con libros que no se deshojan al leerlos, o que no parecen de una vez su propia versión pirata e ilegible, o que no van a ir a dar a un sótano clandestino, el cementerio por excelencia (y a veces también por fortuna) de tantas publicaciones oficiales que se hacen aquí y que nadie verá jamás.

En este caso, la edición es no solo muy justa y muy bien hecha sino que además fue ‘establecida’, como se suele decir en el mundo anglosajón, por el profesor Carlos Rincón, quien la curó con esmero, hizo un prólogo y un epílogo muy interesantes, y la dotó con un completísimo repertorio de referencias y aclaraciones de contexto, así uno siempre sabe de qué y por qué hablaba Téllez aun cuando no lo dijera de manera explícita.

Aunque lo mejor de estos libros es por supuesto eso, lo que dice Hernando Téllez; lo que dice y cómo lo dice, sobre todo. La inteligencia con la que se aproximaba a cualquier tema o cualquier autor –su objeto–, y la belleza y la nobleza con que su estilo los descifraba hasta lo más profundo, explicándolos sin violentarlos ni adulterarlos, dándole a cada cosa su debida jerarquía, su lugar en el mundo.

Nuestro país le debía a don Hernando, como se la debe a tantos más, una edición así de su obra, con libros que no se deshojan al leerlos

Por eso digo que la obra de Hernando Téllez constituye el mejor ejemplo, un modelo de seriedad, entereza y honradez intelectual. Porque lo que llamamos ‘la crítica’ no es sino una forma de la comprensión y del conocimiento, quizás la más elevada que hay, de lo que nos dicen los libros, los cuadros, las películas, la gente, todo. En ella está, o debería estar, su mejor explicación, a veces incluso su prolongación.

Pero para que eso sea posible se necesita, casi como un requisito, de la virtud que Hernando Téllez practicaba a manos llenas, la generosidad. Incluso cuando el propósito de la crítica es el de señalar un defecto, o el de demoler un prestigio inmerecido, o el de censurar una idiotez o corregir un error; incluso en esos casos, o ante todo en ellos, es cuando más sobran la mezquindad, la arrogancia, el resentimiento, el dogmatismo.

Hay quienes creen, pobres de ellos, que es al revés. Hay quienes creen que la crítica consiste en un proyecto perverso y vanidoso –que además suele ser inútil, como todo– de destrucción y ensañamiento, una inflexible tiranía para legislar sobre los gustos de los demás. Como si el entusiasmo fuera siempre un síntoma de estupidez y en cambio la mala leche fuera una muestra permanente de inteligencia y superioridad.

Es todo lo contrario, y quien lo dude tendría que irse a leer ya los tres tomos que el Caro y Cuervo acaba de sacar con las reseñas de libros que Hernando Téllez escribió a lo largo de su vida de hombre libre, de liberal de verdad. En todas ellas, no importa qué tan insignificante o tan mala fuera la obra de la que estuviera hablando, no importa qué tan irónico o mordaz fuera en sus juicios, en todas hay una lección de amor y de respeto.

De amor por la literatura y por los libros, claro, y de respeto por los demás y por sus obras. Implacable en sus opiniones y en sus conclusiones (eso es el rigor), pero compasivo para enunciarlas, sin dañar a nadie por el solo y retorcido placer de hacerlo.

En Colombia hubo gente así. Si Hernando Téllez no es un ejemplo, que valga por lo menos como un consuelo.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

Columnistas

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