El mal panfleto

El mal panfleto

Lo que habría podido ser una crítica justa y brillante terminó siendo una pura recocha de salón.

02 de marzo 2017 , 12:00 a.m.

Ya lo sabemos: la ceremonia de entrega de los premios Óscar, el domingo pasado, fue un absoluto desastre. De principio a fin. Un desastre tan bochornoso e incomprensible que más que la crítica feroz contra el gobierno de Trump que prometía ser –y ahí ya empezó todo mal–, pareció mejor su celebración y su réplica: el reflejo de espanto de estos casi dos meses obscenos, una eternidad.

Una eternidad y una pesadilla. Y así fueron también las tres horas, o más, de ese espectáculo en el que todo lucía forzado, todo era obvio (más que siempre), innecesario por predecible, infantil, vano, un desperdicio. Porque aun las cosas importantes que sí se dijeron, los pocos momentos que sí fueron buenos, quedaron sometidos sin remedio al tono general de eso que más parecía una función teatral de colegio, qué horror.

También es que esas ‘ceremonias’ de premiación, en todas partes, son cada vez más agotadoras justo por eso, porque en ellas lo de menos son los premios que se dan y en cambio se han vuelto, desde hace mucho tiempo, un espectáculo en sí mismas, un montaje cada vez más urgido de delirios y sobresaltos para que nadie se baje del rating. Hasta que de tanto estirarla la cuerda se rompe.

Lo triste, en este caso, es que fueron los gringos los que se inventaron la fórmula, ese es uno de sus grandes aportes a la historia de la humanidad. Y no había nadie como ellos para organizar bien esas cosas, para darles el ritmo perfecto, la dosificación ideal de humor, cursilería, nostalgia, solemnidad, autocrítica, vanidad, belleza, grandeza, en fin: todo en su punto, todo como debe ser y como fue siempre. Eso era lo de ellos.

Esta vez, sin embargo, les pudo más la intención; esta vez tuvieron más ganas y rabia que aciertos, dentro de un discurso panfletario toda la noche que era la mejor coartada, como bien lo dijo alguien, para que el propio Trump mostrara que al lado de Hollywood su gobierno es un modelo de orden y sensatez. Y lo que habría podido ser una crítica justa y brillante terminó siendo una pura recocha de salón, una mediocre algarabía.

Al final –y esa sí es la enseñanza de este grotesco episodio, lo de los Óscar es apenas un pretexto y un ejemplo– ese es el ‘problema filosófico’ del panfleto como instrumento de insubordinación y rebeldía; ahí está todo su poder pero está también su trampa mortal. Porque un panfleto o es per-fecto o es un desastre y una claudicación, caso en el cual su gran beneficiario es siempre quien debía ser su víctima.

Mejor dicho: un panfleto que fracasa es siempre un triunfo de quien lo inspiró, y por eso sus autores deben esforzarse el doble y refinar todas sus armas para hacerlo muy bien, de lo contrario acabarán envenenados con su propia bilis, aplastados por sus intenciones, en el peor de los ridículos. Nada hay más exigente que la crítica, porque en ella se revela la índole del que la recibe, sí, pero sobre todo la índole del que la hace.

Y cuando la crítica busca ser implacable y corrosiva, como además lo es siempre o debería serlo cuando lo es de verdad, aun si es buena y nace de la admiración, a veces en ese caso más que en los demás, cuando la crítica busca ser demoledora tiene la obligación de la sutileza, la inteligencia, la lucidez, la compasión y la gracia. No hay allí concesiones ni matices, o es un triunfo o es una tragedia.

Y qué lástima, porque en Hollywood había de sobra talento y razones para que el domingo pasado fuera lo primero, no lo segundo. Y era además la oportunidad para exaltar los valores de una sociedad (y su cine) que es grande gracias a la diversidad.

Pero dejaron que el ganador de la noche fuera Trump. No sorprende: fue así también como ganó la Presidencia.


JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

Columnistas

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