Déjenos sanos

Déjenos sanos

Con este descubrimiento, los hipocondriacos del mundo, que somos legión, tenemos un nuevo motivo de sufrimiento y de angustia, de ansiedad, de zozobra, de dolor; un nuevo motivo de dicha y realización.

04 de enero 2017 , 07:02 p.m.

La noticia la supe en el Twitter de Juana Uribe y casi se me para el corazón, de verdad se me paró. Lo de siempre: sudor frío, palpitaciones, falta de aire. Y taquicardia, mucha taquicardia, que hasta donde sé es todo lo contrario a un paro cardiaco; pero eso no importa. Porque quizá sea mejor decir que lo que se me paró fue el mesenterio y no el corazón, sin saber ni siquiera dónde queda ninguno de los dos.

De hecho esa fue la noticia que colgó Juana muy temprano ayer en la mañana, con una frase hermosa y llena de esperanza: “Música para los hipocondriacos. Descubren un órgano que no sabían que les podía doler...”. Y ahí al lado, cual promesa, el titular de la Cadena Ser en España: “Científicos irlandeses descubren un nuevo órgano en el ser humano: el mesenterio”.

Me metí de inmediato, clavé en picada. Y como la información que había allí no era suficiente, me fui desesperado de página en página y de sitio en sitio (de mesa en mesa) hasta dar con la fuente original de todo, un larguísimo y para mí incomprensible artículo médico en la revista inglesa The Lancet, cuya especialidad es tajante: “Gastroenterología y Hepatología”. La felicidad, cómo no.

Tuve que inscribirme allí y todo y procedí a leer ese texto que les digo, del que extraigo la siguiente conclusión científica, que es la misma que se anunciaba en la noticia de la Cadena Ser: los médicos irlandeses Coffey y O’Leary, los autores, descubrieron, luego de una juiciosa observación de años, que el mesenterio no era lo que siempre se había pensado sino un órgano del cuerpo humano en toda propiedad, uno completo y de verdad.

O para decirlo mejor, tratando de descifrar la teoría de los galenos: durante siglos se habló del mesenterio como un órgano probable de nuestro cuerpo, e incluso así lo intuía el propio Leonardo da Vinci, dicen ellos. Luego vino la anatomía del siglo XIX a enseñar otra cosa, que el mesenterio era, creo, como una membrana o algo así que servía para unir órganos en la parte baja del abdomen.

Lo que han venido a aclarar Coffey y O’Leary es que el mesenterio sí es un órgano, el más reciente de nuestro viejo cuerpo y laberinto. Pero lo importante no es eso sino lo que dice Juana Uribe: con este descubrimiento, los hipocondriacos del mundo, que somos legión, enferma pero lo somos, tenemos un nuevo motivo de sufrimiento y de angustia, de ansiedad, de zozobra, de dolor; en otras palabras, un nuevo motivo de dicha y realización.

Porque como muy bien lo dijo Brian Dillon, que escribió un libro magnífico sobre el tema, la hipocondría es al mismo tiempo enfermedad y cura: el mejor antídoto que se conozca contra la muerte, pues es su invocación cotidiana y fallida, sentir que se está en ella todo el tiempo, al borde siempre de su esquivo abismo. Un gran amigo mío, un hermano, me lo aclaró una vez: “Nosotros no somos hipocondriacos, nosotros estamos enfermos”.

Y es cierto, lo es. Todo nos duele, todas las enfermedades tenemos. Nos hablan de cualquiera de ellas y ya padecemos sus síntomas, cuanto más graves mejor. Nos pueden dar tres o cuatro infartos al día –nos dan, no nos engañan–, derrames, vahídos, úlceras, cálculos, desmayos. El médico nos dice, una vez más, que estamos bien, pero se equivoca: la nuestra sí que es la ‘posverdad’, la única que hay.

Y hacemos lo más importante: hablar, hablar todo el tiempo sobre nuestros padecimientos. Ese es el gran placer de la hipocondría: la reseña minuciosa del dolor aunque sea imaginario. Nada hay más grato, y lo digo por experiencia propia, que encontrarse con otro hipocondriaco a comparar historias clínicas, tratamientos, drogas, avances curativos de la ciencia.

Empieza muy bien el 2017, ya nos duele el mesenterio.


Juan Esteban Constaín

catuloelperro@hotmail.com

Columnistas

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