Dejen dormir

Dejen dormir

Los sueños son nuestras ficciones. La literatura que todos llevamos por dentro y que se despliega cuando cerramos los ojos; la literatura que somos, que nos ilumina y nos revela.

03 de agosto 2016 , 07:06 p.m.

El otro día, la otra noche, me pasó algo rarísimo. Algo que no recuerdo que me hubiera pasado nunca antes y que me dejó feliz. A un amigo le tenían que practicar una violenta carnicería en la boca, uno de esos procedimientos quirúrgicos (casi digo jurídicos) que ponen en duda el paso mismo de la historia. O como decía el paisa: “A mí háblemen de progreso cuando la dentistería no duela”.

Lo cierto es que mi amigo, en la víspera, me contó paso a paso cómo iba a ser todo, y quedé tan traumatizado que esa noche soñé con que era yo el protagonista del feroz sacrificio. Desde la llegada al consultorio de la doctora (en mi versión lo era, no sé en la de mi amigo; ese detalle faltó en su relato), quien trataba de persuadirme, con argumentos muy dulces, de que no había motivo para estar preocupado.

“Es muy fácil –me dijo sonriendo–: tú abres la boquita y ya: te cortamos todo, eso no se demora...”. Lo que vino luego, siempre en mi sueño, fue una de esas escenas rápidas y caóticas como del final de Benny Hill, con gente corriendo por doquier para atraparme y otra desentendida de mi suerte pero no menos histérica, gritando cosas sin sentido y tirando al aire viejas revistas Aló y Bienestar del año 2000.

Luego estoy ya en la camilla, con una luz encima listo a ser cortado por la doctora y sus dulces maneras, su fresa y su pelo recogido, como si eso importara. Pero tengo que contarlo todo, es necesario. Entonces pasó lo que les digo que no me había pasado nunca antes en la vida, lo juro, y que me hizo despertar en una especie de estado de gracia y maravilla, como si fuera la prolongación fugaz del sueño que acababa de tener.

Yo estaba allí listo a sufrir y a gritar y a llorar, cuando tomé el control de la situación y me dije para mis adentros: “Pero si este es mi sueño qué estoy haciendo, por qué no aparezco después cuando ya todo haya terminado...”. Y dicho y hecho: en la siguiente escena estaba yo agradeciéndole a la doctora, con la boca toda cosida pero sin haber padecido ni vivido ningún dolor. Fue cuando me desperté.

Nunca me había pasado que yo pudiera intervenir de manera consciente –como ‘autor’, digamos– en la ‘estructura narrativa’ de un sueño, en su desenlace. Me había ocurrido antes, sí, varias veces, estar soñando algo delicioso, saber que eso era así, despertarme para luego volverme a dormir y seguir con el sueño más o menos igual, aunque con nuevas bifurcaciones. Incluso con una cierta nostalgia por el tiempo perdido.

Sé que a mucha gente le ha pasado lo mismo, y lo sé porque hablar de los sueños y de la forma en que soñamos es uno de los temas de conversación preferidos de nuestra especie. Y ese es un clásico del género: el 'somnium interruptum', el sueño feliz que se rompe y que sin embargo puede continuar. Una amiga lleva toda su vida tratando de recuperar un sueño que tuvo cuando niña y que la marcó para siempre. Uno en dibujos animados.

Parece un tema insignificante pero no lo es en absoluto, ya decía Céline que nos pasamos casi toda la vida soñando, que nuestra vida ocurre más dormidos que despiertos y que esa es la dictadura que nos tocó en desgracia, aunque Charlotte Beradt demostró lo contrario: durante el nazismo se puso a recopilar lo que soñaba la gente en Berlín, y así halló el último refugio de la libertad, de la rebeldía contra la infamia y el horror.

Quizás porque eso son los sueños al final, nuestras ficciones. La literatura que todos llevamos por dentro y que se despliega cuando cerramos los ojos; la literatura que somos, que nos ilumina y nos revela.

Ya lo decía Segismundo: “¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

Columnistas

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