Decíamos ayer

Decíamos ayer

Lo triste de ese modelo en el que muchos ven un futuro feliz y deseable es que suprime quizás lo más valioso que tiene la educación; lo que la hace una experiencia insustituible y le da sentido: la presencia de un buen maestro.

07 de diciembre 2016 , 07:16 p.m.

“¿Están obsoletas las clases magistrales en las universidades?”. Esa es la pregunta que trata de responder un interesante artículo que Matt Pickles publicó hace un par de días, con ese título desconcertante y provocador, en la página web de la BBC. ¿Se oxidaron de verdad las lecciones y los profesores? ¿Sirve para algo practicar todavía el antiguo ritual de una cátedra?

La respuesta a una pregunta así, claro, tiene que ser (y lo es) tan compleja y llena de matices como el problema que la inspira; nada que sea de verdad importante para la especie humana, o casi nada, se puede reducir a esas definiciones binarias e inapelables que suelen corresponder más bien, y ni siquiera, a un reinado de belleza, o a una encuesta, o a un plebiscito o a un referendo o a una consulta popular.

En el caso de la educación, además, el debate sobre el lugar que en ella ocupan los profesores, y no solo en las universidades, es casi tan viejo como el mundo: ahí está Sócrates, por ejemplo, que discute con Protágoras o con Gorgias sobre lo que puede enseñarse o no, o sobre la virtud y la filosofía, o sobre la retórica y la persuasión y la pedantería, o sobre la misión y el deber que tienen los maestros de verdad.

En nuestro tiempo, sin embargo, ese debate está atravesado desde hace años por la certeza que albergan tantos de que hay oficios tradicionales, entre ellos el de profesor, a los que la revolución tecnológica que ha ocurrido volvió casi innecesarios. Con internet y los computadores y las tabletas y los teléfonos inteligentes, dicen muchos, incluso muchos ‘educadores’, ¿para qué seguir perdiendo el tiempo en lo viejo? ¿Para qué el pasado?

La fórmula, además, podría llegar a ser muy simple y exitosa: contra un buen motor de búsqueda, y ni siquiera el mejor o el más sofisticado, no hay ser humano que pueda competir. Contra Google, por decir cualquier cosa, no hay nadie en el mundo que logre procesar, discernir, acumular o transmitir tanta información en tan poco tiempo; ni el más erudito, que se sepa, es capaz de hacerlo.

Incluso en Japón, hace unos años, crearon una robot (Saya, se llama) que es profesora de primaria aunque podría serlo también en cualquier universidad: parece una muñeca inflable, sí, pero lo sabe todo. Se puede programar a gusto de su dueño y patrón, con la ventaja adicional de que no hay que pagarle sino un mantenimiento anual. Nada de prestaciones, nada de cursos de actualización, nada de escalafón ni sabáticos, nada de nada.

Lo triste de ese modelo en el que muchos ven un futuro feliz y deseable, si bien ahora parece solo una exageración, una caricatura que nunca se va a cumplir –ojalá–, es que suprime quizás lo más valioso que tiene la educación en cualquier nivel; lo que la hace una experiencia insustituible y le da sentido. Y eso es la presencia de un buen maestro, su voz como el punto de partida de un diálogo que puede cambiar muchas vidas.

Pero aun en el mundo de la educación, lo repito, hay quienes creen que ese destino de los profesores tan noble, tan bello, tan antiguo, muchas veces tan ingrato es un destino menor y obsoleto: una forma de difusión y creación del conocimiento que ni siquiera lo es de verdad, según sus críticos, y que puede y debe ser despreciada frente a otras que se presumen, sobre todo en el subdesarrollo, más rigurosas y urgentes.

Qué curioso: ayer, junto con el de la BBC, leí un artículo sobre Tay, la robot que creó Microsoft para que hablara en las redes sociales con los jóvenes y los millennials, y que después de unas horas ya estaba como un loro obsceno insultándolos a todos y gritando proclamas racistas. Pura ‘inteligencia’ artificial.

Y eso que todavía no empiezan sus clases.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

Columnistas

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