De verdad

De verdad

El nuestro es un país en el que ha habido, desde siempre, una incapacidad esencial para reconocer al otro, para tratar de comprenderlo o al menos escucharlo por fuera de los prejuicios.

07 de septiembre 2016 , 07:04 p.m.

Hay muchas definiciones de la palabra ‘fundamentalismo’, desde la más simple que puede ofrecer cualquier diccionario hasta las más sofisticadas de los académicos que se han ocupado del tema y llevan años rodeándolo, como a un alacrán. Tengo entendido que el término nació en los Estados Unidos a principios del siglo XX, a manos de grupos evangélicos que se daban ese nombre para reivindicar la pureza de su fe. Esa y solo esa.

Desde hace años, como se sabe, el fundamentalismo se asocia sobre todo con el islam, a partir además de una generalización superficial –como suelen serlo todas– en la que los fieles de esa religión son tenidos por radicales y violentos. John Esposito, uno de los mayores expertos sobre ese tema en el mundo, decía una vez en una entrevista que todas las religiones son fundamentalistas si lo son de verdad.

Mi gran amiga María del Rosario García, que sobre eso sabe mucho más aun que el propio John Esposito, me dio una vez una definición del fundamentalismo que para mí sigue siendo la mejor que hay, la más completa y certera; tanto que es más un ejemplo que una definición: “El fundamentalismo es cuando uno cree que su visión del mundo es la única que merece existir; la única justa, verdadera, buena y bella”.

Por esa razón el fundamentalismo florece no solo en la religión sino también en su aparente negación: en esa especie de fanatismo laico, tan racional e ilustrado, tan contestatario, que es tanto más agresivo y peligroso, y pobre, cuanto más se enorgullece de sus presuntos valores de libertad y tolerancia. O para decirlo mejor: hay fundamentalistas que no tienen religión, que no la necesitan para serlo; el fundamentalismo ya es su fe.

Y resulta (ahora que tanto estamos hablando de eso aquí) que esa fue y ha sido, esa es una de las formas más profundas de la violencia que hay en Colombia; esa es una de las causas principales, y también una de las peores consecuencias, las dos cosas a la vez, como una víbora que se traga a sí misma, de eso que llamamos ‘el conflicto’ y que trasciende, por supuesto, todas sus balas perdidas.

El nuestro es un país en el que ha habido, desde siempre, desde todos los lados, una incapacidad esencial para reconocer al otro, para tratar de comprenderlo o al menos escucharlo (al menos eso) por fuera de los prejuicios, de la adulteración gratuita o ensañada de sus palabras o sus actos, del desprecio y la ignorancia, cuando no de la eliminación física, en el peor de los casos, o los chistes adolescentes y flojos, en el mejor de ellos.

No creo, la verdad, que reivindicar la posibilidad de una discusión real y a fondo de las cosas, sin insultos ni caricaturas ni dogmatismo ni bajezas, sin el envilecimiento de nadie, por vil que sea, no creo que eso implique una renuncia a las ideas, una claudicación. Al revés. Y menos en este momento de nuestra historia, cuando lo que se debate es tan importante que justo por eso se merece el terreno moral de la firmeza y la nobleza.

Parece tibio lo que digo, una concesión, ganas de quedar bien con todo el mundo. Pero también lo decía en 1914, y muchísimo mejor, por supuesto, Rafael Uribe Uribe, un liberal de verdad que hizo la guerra e hizo la paz, él sí: “Da mucho en qué pensar que, en el último año del primer siglo de nuestra vida como nación independiente, la práctica de la república no nos haya enseñado a respetar las opiniones ajenas”.

Quizás si eso logramos con este proceso de paz que tanto estamos discutiendo, el respeto a los demás, ya habremos logrado mucho. Quizás ese sea el verdadero proceso de paz.

Uno que dignifique aun los insultos y las contradicciones; que los haga posibles más allá de la infamia.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

Columnistas

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