A pico de botella

A pico de botella

La botella de náufrago; el clásico mensaje oculto que viaja por el mar hasta encontrar su camino.

08 de marzo 2018 , 12:00 a.m.

La escena en la que uno siempre sueña, la que se imagina primero porque es un lugar común, es la de un náufrago en una isla desierta, dónde más va a estar un náufrago si no, cómo más va a ser su isla si no es desierta. Pero en fin: suena el mar, sopla el viento, hace sol: cada cosa en su lugar; la imagen como debe ser, el náufrago tiene barba y mira con sospecha al horizonte.

Entonces, sobre un viejo papel que tiene a la mano, una de las pocas cosas que le quedan en el mundo, escribe un mensaje cualquiera, qué sé yo: una carta de amor, un grito de auxilio, un poema, una receta de cocina, el nombre de sus seres queridos o el suyo propio, un teléfono (si es que ya se había inventado el teléfono; mejor creer que no), la dirección de un amigo suyo y un recado para él: algo escribe allí el náufrago, lo firma.

Coge ese papel, lo enrolla muy bien y lo mete en una botella de vidrio que también tiene a la mano y que también es una de las pocas cosas que le quedan en el mundo, esa isla desierta. Camina hasta la orilla, el agua va y viene humedeciendo la arena, las piedras, los troncos que hay allí regados sobre la playa. Con un jirón que ha cortado de su única camisa el náufrago tapa muy bien la botella y la pone en el mar: aquí va.

El mar es caprichoso y se traga los mensajes que la gente deja en él: se los traga y los escupe luego no solo en otro lugar sino en otro tiempo, así es la historia también.

Esa es, repito, la escena en la que todos pensamos: la botella de náufrago; el clásico mensaje oculto que viaja por el mar hasta encontrar su camino, las manos que habrán de leerlo. Si fuera una novela de aventuras así empezaría la trama: un frasco que flota y llega a una playa, lo levanta una mujer que está descansando, es millonaria y es joven y es bella. O la levanta un científico y la observa con su monóculo en el siglo XIX.

Pero como la vida no es una novela de aventuras, jajaja, ayer leí la noticia en la BBC, me la mandó por WhatsApp un amigo: en una playa australiana cerca de Perth, el 21 de enero de este año, una pareja de esposos encontró tirada una botella que parecía ser muy vieja y en efecto lo era: una botella de ginebra oscurecida por el tiempo; herrumbrada, como se podría decir también, oxidada por los días y los años.

¿Cuántos años? Muy pocos, la verdad, 132 no más, o casi. El dato exacto se supo porque al llegar a su casa los esposos Tonya y Tym Illman abrieron la botella, la limpiaron y le sacaron lo que al principio creyeron que era un cigarrillo pero en realidad era un mensaje escrito en un papel enrollado que decía: “Esta botella fue tirada el 12 de junio de 1886 por la borda del Paula, en la ruta entre Cardiff y Makassar”.

El Paula fue un bergantín construido en 1876 en Alemania y sirvió sobre todo para investigaciones científicas en los mares del sur. La práctica de su tripulación, durante años, fue más o menos la misma: lanzar al agua botellas y botellas con ese mensaje, a la espera de que quienes se las fueran encontrando las devolvieran a una dirección allí estipulada para saber hasta dónde las habían arrastrado las corrientes marinas.

Pero el mar es caprichoso y se traga los mensajes que la gente deja en él: se los traga y los escupe luego no solo en otro lugar sino en otro tiempo, así es la historia también: botellas de náufrago –vidas– que flotan hasta que alguien las vuelve a leer. El matemático japonés Shizuo Kakutani huyó de Estados Unidos cuando la Segunda Guerra Mundial; lo hizo en un barco por cuya borda tiraba, todas las noches, en botellas, sus teoremas.

Robert Kraske dice que es imposible (improbable) recuperar esos teoremas, pues solo el tres por ciento de las botellas en el mar habrán de rescatarse.

No pasó así con el mensaje del Paula, alguna mano habrá de frotar la lámpara de Aladino. Nunca es tarde, no siempre.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

Columnistas

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