Lo que significa ser juez

Lo que significa ser juez

La corrupción de los jueces es ni más ni menos que la corrupción de la sal.

10 de septiembre 2017 , 01:42 a.m.

Soy hijo de juez, de un juez que llegó a ser presidente de la Corte Suprema de Justicia y para quien el ejercicio de esa dignidad significó la enorgullecedora coronación de su carrera. Fui alumno de jueces, de jueces que llegaron a la Corte Suprema de Justicia y algunos a la presidencia de esta, y que no solo me enseñaron con sus lecciones magistrales, sino ante todo con el ejemplo de sus propias vidas –siempre austeras– y de sus impolutas conductas.

He tenido alumnos que luego han sido jueces, llegado a las altas cortes y alcanzado sus presidencias, y que, con su apasionada e intachable dedicación, me han producido la mayor satisfacción que un profesor puede cosechar. Sueño con que mis estudiantes de hoy quieran ser jueces, y, como padre de un abogado, sueño con que acaso él sea juez algún día.

En cada una de esas condiciones, siempre he tenido el de impartir justicia –como juez o magistrado– por el más grande oficio que puede ejercer un abogado. Porque él significa la más elevada y delicada misión que puede serle dado cumplir a un ser humano, que es la de ser investido de la función de juzgar a otros, a fin de darle efectividad, protección o reparación a un derecho desvalido, o realización a un deber incumplido, o de decidir definitivamente si alguien es o no culpable y merece o no un castigo.

Nada, entonces, más profundamente doloroso –e indignante– que asomarse a unas noticias y denuncias que dan cuenta de conductas de las que, al parecer, son responsables unos colegas (¡qué vergüenza!) que, de ser así, mancharon –a base de traficar sentencias de absolución y cartas de recomendación– los palacios de justicia que indignamente han ocupado, y que con tanta devoción han construido sucesivas generaciones de jueces que fueron, como tiene que ser, hombres y mujeres de bien y punto de referencia en materia de probidad, de carácter y de temple moral.

Nunca, entonces, como ahora, fue, por todo ello, tan desolador el silencio de las voces institucionales, de adentro y de afuera del Estado, de la academia y del foro, que tenían que levantarse airadamente en defensa de los valores que deben iluminar la ardua labor de “dar a cada quien lo que le corresponde” y han optado por no dejarse oír. Como si nada tuvieran que decir, ellas, que son, cada una en su campo, obligadas custodias de la justicia. So pretexto de rendirle culto a una presunción de inocencia mal entendida, han preferido tomar partido por un silencio encubridor.

Y nunca fue más urgente la acción decidida, severa y eficaz de una justicia que se apresure a volver por los fueros de sí misma, en aras de rescatar sus urgentes credibilidad y confiabilidad.

La corrupción de los jueces es ni más ni menos que la corrupción de la sal, de la que habla la Biblia como una hipótesis impensable. Como algo que no puede ocurrir. ¡Porque esto, en efecto, no puede ser! Y si lo es, ¡hay que ponerle fin en el acto! ¡Esclarecerlo, juzgarlo y sancionarlo sin tibieza ni contemplaciones! Y, en todo caso, ¡no puede volver a pasar! No, además, si de verdad estamos apostándole a la paz, de la que la justicia es base indispensable e insustituible. Y no en una coyuntura como la actual, en la que, más que en ninguna otra, todos los jueces deberían ser un modelo para seguir y no lo contrario.

JUAN CARLOS ESGUERRA PORTOCARRERO

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