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El candado en la vagina

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El pobre de Sohanlal Chauhan, de Indore (India), desde niño había visto las desgraciadas consecuencias de la infidelidad femenina. Su padre encontró a su madre fornicando con un inglés, y su paciente reacción fue internarse en el Tíbet. Una tía le puso los cuernos a su marido y cuando este se dio cuenta porque se lo contó el mismísimo gallinazo en el bar delante de sus amigos, abandonó casa e hijos. Su propia hermana, tan pronto su marido salía para el trabajo, se vendía por los mercados. Su cuñado intentó suicidarse.

Cuando cumplió los 21 contrajo matrimonio con una quinceañera muy pura, con quien tiene una hija casadera, en una relación aparentemente serena, que ya va por 22 años.

Como la fidelidad es un don, pensó que debería colaborar a que persistiera. Y como es mecánico, hace cuatro años ideó el uso de un artefacto que impediría a su amada caer en cualquier arrebato erótico. No lo hacía por celos, pues Sita no le había dado ningún motivo, sino por precaución, pues las tentaciones suelen rondar detrás de la esquina. Había oído hablar del cinturón de castidad que aplicaban los caballeros medievales a sus esposas cuando salían de combates, llevándose con ellos la llave. Y adecuó un candadito, como esos que se usan para asegurar maletines de viaje, pero de precioso y ritual diseño, con la forma del elefante Ganesha. La llavecilla no era lisa sino esférica y con dientes en cruz. Con una aguja de oro desinfectada perforó, con la venia de la señora, cada uno de sus nacarados labios menores, para hacerles su huequecillo. Y allí, todas las mañanas, antes de salir hacia el taller, instalaba el sacro utensilio. Que a su regreso, al anochecer, retiraba religiosamente, lavaba y brillaba y colocaba entre los fetiches de adoración, antes de dedicarse a la función conyugal.

Pecaba de ingenuo, desde luego, el precavido mecánico, pues, cuando el deseo pasional aprieta, no hay candado que valga, y menos cuando hay otros dispositivos disponibles para la recocha.

En los últimos tiempos, sin embargo, había perdido ese entusiasmo sensual al que su amada le correspondía con ardoroso desvelo y por el cual consentía su exceso de celo. Veía que dedicaba su tiempo en casa a su hija, con una entrega que le parecía sospechosa. Bien pudiera ser que la estuviera preparando para un futuro matrimonio inculcándole los valores de la fidelidad, o tal vez enseñándole quién sabe qué cosas para engatusar al consorte. Ardida de celos, y para que esa tarde al regreso su esposo la encontrara boqueando, tomó unas cápsulas. Su hija se dio cuenta a tiempo y la llevó al hospital. Allí, al desnudarla para los exámenes de rigor, le encontraron el escandaloso artefacto, que no pudieron abrir con una ganzúa. Dieron parte a la policía y cuando el avisado esposo llegó, fue prendido por el comisario local, Shailendra Srivastav, a quien el hombre recordaba haber visto repetidas veces rondando su casa. Lo requisaron buscando inútilmente la llave. Terminaron por encontrarla ante las señales de Sita, entre la planta del pie y la suela de la sandalia. Casi que incorporada a la piel, sangrante aún después de cuatro años de incomodidad rayana en el sacrificio. Fue conducido a la cárcel de la localidad y acusado de tratamiento cruel e inhumano.

En el mundo, y sobre todo en Occidente, y más todavía entre la comunidad feminista, cunde el escándalo por el crimen que consideran fue la perforación de la piel vaginal, sin importar el comprensible motivo. Cuando todos hemos visto los piercings descoñetantes autoaplicados en las cucas de las muchachas. Por lo menos en los videos.

Antes de afrontar denuncias por calumnia de los actores del drama hindú, aclaro que este escrito obedece a la lectura de los libros Cómo se cuenta un cuento y Me alquilo para soñar, de Gabriel García Márquez, donde se indica la manera de transformar en guion de ficción un acontecimiento cualquiera sucedido sobre la tierra.

jmarioster@gmail.com

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