‘Residencias Casa Verde’

‘Residencias Casa Verde’

El amor ha triunfado sobre la guerra, como vaticinamos en nuestra época 'hippie'.

01 de marzo 2017 , 12:00 a.m.

El 4 de noviembre de 1997, 20 años ha, con el título ‘El paro del General’, publiqué lo que considero una profecía, con referencia a la paz por entonces tan buscada y tan esquiva. En estos momentos en que estamos encamando la paz, considero pertinente aludir a ella en sus principales apartes:

“Ahora resulta que un general que se leyó a Aristófanes, en hazaña que hay que abonarle, ha redescubierto la fórmula para suspender el desangre que nos ahoga. Propone el general Bonnet recalentar el truco feliz del dramaturgo en su obra Lisístrata, cuando las mujeres del Peloponeso dejaron de poner eso, hasta que sus maridos guerreros no cesaran de entrematarse.

La proclama va dirigida a las esposas o mozas de guerrilleros y paramilitares, a fin de que mediante este piadoso chantaje se ponga fin a la masacre. Pero para ser justos, tendría el aguerrido oficial que ampliarla a todos los generadores de violencia y atropello, incluidos los militares (como los señala Amistía Internacional).

Pero vamos por partes. Las mujeres de los guerrilleros son por lo general guerrilleras, que mal podrían obedecer una orden de su enemigo mortal. Al estar guerrilleros y guerrilleras en igualdad de posiciones con el fusil al hombro, sería lo mismo que pedirles a los hombres que no volvieran a pedírselo a sus mujeres hasta que depusieran las armas. Como ambos combaten por la misma causa, suena al menos absurda la proposición.

Respecto de los paramilitares. En su condición de mercenarios, practican el arrasamiento, sin ideales y sin obligación, por su propia voluntad y por la paga. Es entonces impertinente pedir a sus esposas que les nieguen el pan, mientras ellos hacen la guerra y el trabajo sucio para levantarles la papa.

En cuanto a los militares. El grueso de los combatientes son jóvenes solteros de 18 años, recién destetados del colegio y de los billares, y como tales, acudientes del burdel del pueblo donde patrullan; por tanto, el veto genital solo afectaría a los oficiales de mayor graduación, y así al general le saldría el tiro por la culata. Peor aún en caso de que los reclutas fueran casados y sus mujeres les cerraran las piernas; se presentaría una deserción masiva objeto de consejos de guerra, de la que el responsable sería el propio Bonnet.

El irrepetible Mockus ha contrapropuesto que como todos, en una u otra forma, somos actores del conflicto, el paro sea general y dejemos todos de hacer el amor hasta que se imponga la paz general. Yo no sé lo que opinará el General. Lo que sé es que en un país donde cada día hay más desempleo la mejor forma en el que el parado emplee su desocupación es en las delicias del himeneo. Ese ha sido el gran aporte del Gobierno en la búsqueda de la paz.

En Nietzche leemos que el hombre ha sido hecho para la guerra y la mujer, para reposo del guerrero. Si se le priva del lenitivo de la caricia, el guerrero sin reposo combatirá con mayor ferocidad y desasosiego. Más bien, lo que habría que hacer sería lo contrario, con perdón de mi general: llenar de frutas amorosas los campos de batallas, como propuso otro dramaturgo griego.

¿Será el general Bonnet tan bromista como para haber lanzado su propuesta como un chiste de salón y tema de noticieros en un terreno de conflictos tan serio. Aunque soy de los convencidos de que el amor, de la mano del sexo, son dignos contrincantes de la guerra y de la violencia, mamar gallo con ellos no me parece estrategia militar convincente. Por lo menos si no vemos al final de la gestión –tanto lúdica como bélica– del general Bonnet convertidos los innumerables campamentos de las Farc en inmensos moteles para el amor.

¡Qué belleza! Residencias Casa Verde”.

El amor ha triunfado sobre la guerra, como vaticinamos en nuestra época hippie. Ahora solo falta que el regente sea un nadaísta.

JOTAMARIO ARBELÁEZ

Columnistas

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