La paz de los poetas

La paz de los poetas

"Hablar de guerra entre poetas lo creo una desmesura. Son patéticas las luchas por migajas de milagro y por glorias caseras, mientras la poesía ni se da por aludida".

16 de agosto 2016 , 07:38 p.m.

Envalentonado con la proximidad de la paz, en la que creo y por la que me juego los restos, propuse en mi anterior Contratiempo, ‘La guerra de los poetas’, un cese del fuego bilateral entre los escritores, en particular entre el poeta Juan Manuel Roca y una serie de colegas, algunos bastante amigos míos y otros no tanto, que mantienen una pugna maluca, con chirriante resonancia en el exterior. Como un nadaísta, Humberto de la Calle, es el gestor en La Habana de la paz política, me di las ínfulas de poder propiciar igual en los campos de la cultura. La carta de respuesta de Juan Manuel, no reconociendo en nadie la sagrada categoría de enemigo, me baja de ese cumulonimbo. Se reserva el derecho natural de no contemporizar con quien no le guste, por razones estéticas, ideológicas, de comportamiento. A lo mejor lo mismo piensan los otros, y yo de sapo. No insisto, pues él considera de antemano cerrada la discusión. Hasta aquí me llegan los afanes delacallistas. Esta es la respuesta de Roca:

Migajas de milagro.

Creo que se equivoca quien considere enemigo a alguien que más que odio produce un sentimiento pesaroso. La categoría de enemigo tiene algo de sagrada, no se puede aceptar como enemigo a cualquiera. Ni tampoco que un contradictor injurioso lo sea. Así me ocurre con un poeta de Buga: una guerra de un solo contendor al otro lado de la barricada solo puede llamarse autofagia.

Resulta comprensible –no deseable– que en un país que tiene ante cualquier opinión contraria la idea de que hay que adoptar una maquinaria de guerra verbal, en un país que confunde la crítica con el camorreo, se inventen enemigos.
No gustar de una prosa ampulosa, por ejemplo, es tan simple como gustar o no de la crema chantilly. Y eso no nos hace enemigos del pastelero. Acá, muchos viven esperando la caída de un ídolo para ejercer su encono, pues hasta en la admiración y el aplauso cerrero hay un rescoldo de recelo. De ahí que algunos me pidieran vanamente que escribiera algo contra William Ospina cuando dio un timonazo en favor de un candidato de la derecha, pensando en encontrar en mí a un enemigo suyo. Y no me sumé al coro. Lo decía con claridad cenital Mohamed Alí: “Cuando tienes razón, nadie lo recuerda. Cuando estás equivocado, nadie lo olvida”.

No soy enemigo de quienes señala Jotamario Arbeláez por el solo hecho de no ser amigo. Que no me gusten las tertulias del tartufismo y prefiera estar lejos de ellas, no es más que un derecho primitivo pero respetable: el gusto. O que no me agraden aquellos que quisieran tener más de dos manos para aplaudir. Solamente ejerzo el derecho a estar dónde y con quienes me plazca. Hay personas con quienes no comparto su estética, su ideología, su manera de andar tras los poderes, pero eso no las hace mis enemigas.

Otra cosa se dirá en medios donde la calumnia y el resquemor hace mucho se han hecho, como se dice ahora, virales. No he escrito ningún ataque a los aludidos en una columna de Jotamario. Afirmarlo sí puede propiciar una triste guerrita de murmuraciones y medianías. No tengo que hacer una puesta en escena para hacer ningunas paces. Y no por arrogancia sino por innecesario. No tengo que pronunciar un arzobispal “pax bovis” (recordemos al ‘tuerto’ López) para estar en paz, con o sin colibrí trinando sobre el anillo de una culebra mapaná.

Ver pasar los insulsos debates poéticos sin entusiasmo no me convierte en némesis de nadie, tal vez solo en un hereje de la religión bovina que tiene como dogma el aplauso cortesano. Hablar de guerra entre poetas lo creo una desmesura. Son patéticas las luchas por migajas de milagro y por glorias caseras, mientras la poesía ni se da por aludida.

Jotamario Arbelaéz
jotamarionada@hotmail.com

Columnistas

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