De vuelta a las islas

De vuelta a las islas

Caminantes llegaban a la isla en busca de un barco con los pies sucios. Jonases predicando las malas nuevas. En busca del arpón que los redimiera.

31 de enero 2017 , 06:45 p.m.

A San Andrés islas acostumbra llegarse por aire. Asfixiado en el interior, el viajero compra pasajes para partir con su vida: el mar lo está esperando con los brazos afectos, el cielo le sonríe de sol a luna. Así me hice presente en la isla en 1967, huyendo de muros y carreteras, de mis zapatos rotos, de las mismas caras pintadas, de los descalabros poéticos, el corazón silbando el aria de la desdicha, huyendo de todo, menos de la policía. Un día uno decide retomar los pasos piratas y al abordaje, muchachos. Todo el mar para la mirada y al oído palmeras espadachinas. Los dioses que existieron para poner sus huevos escogieron estos lugares.

Del hotel El Isleño uno sale a los pocos días. No es el turismo mi morada, sino la arena en la cabeza. Los profetas descalzos encontrarán monasterios. ¿De qué vivir? Haz tu pan de palabras y devóralo en el silencio. Por la época de mi arribo, toda música y luz, La Cosa retumbaba a los cuatro vientos. Zalamea Luis Fernando había hecho de su discoteca un púlpito sicodélico. Los afiches saltaban hacia los ojos, parpadeaban los reflectores, danzarinas descalzas se abandonaban como si no bailaran la música sino un jardín de aleluyas y flores de balazo en botón.

Janeth la Maga, su mujer y sus partituras, toda ella de fibra de pararrayos, regresando con su violín a San Luis en motocicleta. Espíritus alados hablaban en inglés por su boca. En mi lengua solo recuerdo que decía “olvídate”, y su silencio. El Hermano León ocultaba su melena tras la cachucha y era un profeta tan humilde que no decía sus profecías por miedo de que no se le cumplieran. De mi propia costilla le di un bocado, una y última vez que comiera carne de cerdo. Doy fe de que hacía milagros con encogerse de hombros. Iba a lavar los platos al mar particular de nuestras cabañas y los sacaba con los peces que el mar le daba. Mas no solo de peces vive el Gran Pez.

Caminantes llegaban a la isla en busca de un barco con los pies sucios. Jonases predicando las malas nuevas. En busca del arpón que los redimiera. Los isleños acogían a estos “enviados” con regocijo y naranjas y aguas de coco. Las autoridades, con desconfianza. Con un aire de rabia, los cacharreros para quienes solo era bienvenido el turista contrabandista al mercado persa de sus televisores y náilones importados. Del retumbante y subterráneo mundo cosmodemónico de San Francisco y Nueva York y de las faldas del Tíbet han comenzado el éxodo hacia las islas y el avance hacia el nuevo centro magnético que la Era de Acuario ha situado en un punto caribe en Latinoamérica. Pronto estaremos llenos de lamas.

A La Cosa iban a parar estos andadores y más tarde a nuestras cabañuelas, con sus mochilas. Janeth la Maga los bendecía con la palabra ‘Pez’ en la mano, el Hermano León los alimentaba con sus huesudos abrazos, Álvaro, el monje sibarita, les daba a conocer el cielo bajo una tabla. La isla era la patria del Nuevo Estremecimiento. Nerona me invitaba a apagar las llamas en el fondo del mar con aletas y oxígenos de sobre en los espaldares. Monsieur Guzmán tenía siempre ron esperándome en su ventana y en medio el Cotton Cay, donde almacenaban antaño la dinamita. Los poetas Jorge Muñoz y Miguel Torrente me prestaban la estera de sus sueños, agua potable, su mano salvadora sobre el Caribe. Y leyendo a Confucio y Mencio en el Johnny Cay, un azul transparente bronceó mi espíritu.

La dicha, dicha está. No dura nunca un cielo a función perpetua. La luna a cuestas, los monjes y profetas pisan la tierra que les queda. O bajo tierra, son uno solo con la luna. Maga Janeth, Hermano León, ahora están muertos. Solo me queda la adorada Dina Merlini en el Ancianato. Maga, su violín llena el mundo de no violencia. Hermano León, haga ahora el milagro de hacerme justo.

Jotamario Arbeláez
jotamarionada@hotmail.com

Columnistas

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