Cabos sueltos

Cabos sueltos

Este es un libro que no puede faltar en la mesa de noche de los noctámbulos devoradores de letras.

21 de junio 2017 , 12:00 a.m.

Hay un pecado capital del que quienes en él incurren, cuando son serios y recurrentes, no quieren salir, pues es a la vez condenación y paraíso –hay libros que hacen sufrir y otros que a la gloria conducen–; es la lectura, que tantos sesos ha sorbido desde los del triste caballero al que desfiguró su pensar el mester de caballería. 

Hasta nosotros, mortales pecadores del placer solitario del voyerismo sobre el papel impreso. De allí parte un libro de libros, esencial para toda biblioteca en actividad, uno que los trata hasta prácticamente desencuadernarlos en busca de su misterio cautivador. Es 'Cabos sueltos' (Editorial Eafit), de ese empedernido lector como fumador que es Eduardo Escobar, poeta nadaísta y preciosista prosista de tiempo completo hasta que los tiempos se acaben. No es ningún folleto circunspecto, son cerca de una resma de páginas apretadas y rigurosas con los detalles percibidos en la lectura acuciosa, que van de la letra a la palabra y de ella a la frase hasta desembocar en el discurso, que es lo que estructura la vida. Sin un esqueleto de palabras sería imposible movernos.

El libro es en apariencia 18 ensayos. Pero este género se enriquece con el propuesto por Amílcar Osorio, cual es la naditación, género transgenerista que comprende la expresión analítica, el discurrir filosófico, el lenguaje poético, el comentario bibliográfico, las memorias de infancia y adolescencia, la enjundia del catedrático, la biografía transgresora, el cuento o relato con ribetes de misterio o de ingenuidad venenosa, la historia –en este caso del nadaísmo de la montaña–, e incluso el panfleto, hay que ver cómo quedan el docto Alberto Aguirre y Fernando Vallejo. El estilo es brillante, en ocasiones apabullante su razonar, dulcísimas y melancólicas a la vez las evocaciones de papá, mamá y tíos y demás familiares y antecesores. Sería un libro totalizador, como en ocasiones la novela pretende.

Muchos hemos hecho de nuestras bibliotecas el verdadero lupanar del conocimiento, sin referencia a libros de temas licantrópicos ni de letra pequeña

Es un libro que no puede faltar en la mesa de noche de los noctámbulos devoradores de letras. Porque es la indagación en el texto, en el objeto que lo porta, en el autor que lo firma, en el lector que lo asume, toda una formulación doctoral del papel de la lectura a la vez como vicio y ocio, como distracción o como trabajo. El que nunca se leyó un libro ni para qué se lee este. Pero si ha leído más de dos comienza a ser necesario. He leído más de la mitad de mi biblioteca de 7.000. Aunque la otra mitad ostenta mis subrayados con resaltador amarillo. Y no recuerdo haber leído un libro sobre los libros tan enriquecedor y tan deslumbrante.

Muchos hemos hecho de nuestras bibliotecas el verdadero lupanar del conocimiento, sin referencia a libros de temas licantrópicos ni de letra pequeña. Recuerdo con admiración las extensas colecciones de R. H. Moreno Durán, de Nicolás Suescún, de Germán Espinosa, de Óscar Collazos, de Mario Escobar Ortiz. Y creo que el final de algunos de ellos comenzó cuando se decidieron a organizarlas, a ponerlas en orden, a echarles trapo. La de mi amigo “el profeta” Gonzalo Arango, en vista de su inminente viaje a Londres con su reciente amor Angelita Hickie, la adquirió por una pequeña fortuna mi amiga de entonces, ‘la bruja’ Matilde Torres. La llevó a guardar en cajas al garaje de la casa de su padre. Alguna vez necesité uno de sus libros para una consulta. Nos allegamos al sitio y abrimos la caja correspondiente, luego todas las otras. Si alguna vez he llorado por algo distinto de las mujeres que me han dejado –por lo menos rodeado de libros–, ha sido por el encuentro de todos estos tomos corroídos por la humedad, ilegibles.

He trasladado toda mi librescía a mi nueva residencia en Villa de Leyva y he visto con terror, esta mañana, el libro de Eduardo que dejé anoche al pie de computador para comentarlo, con las páginas empezando a encogerse dentro de sus pastas aguadas. Cómo irá a ser con los otros. ¡Socorro!

JOTAMARIO ARBELÁEZ

Columnistas

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