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Por: JOSÉ MANUEL OTAOLAURRUCHI | L.C. | 9:45 p.m. | 13 de Agosto del 2011

El encuentro de Jesús con la mujer cananea lo podríamos analizar desde una doble perspectiva: por un lado está la reacción propia de una madre que hace hasta lo imposible por sanar a su hija y para ello deposita toda su confianza en el Maestro. Por otro lado está la forma en que Jesús la trata y se comporta, pues detrás de una primera actitud displicente, lo que pretende es, no sólo conceder la curación de la hija, sino su conversión. Es muy distinto obtener un favor y seguir viviendo igual que antes, que lograr un cambio de vida de acuerdo a las enseñanzas del evangelio. Esto es lo que realmente le interesaba a Cristo.

Jesucristo descubre que esta mujer a pesar de ser pagana, posee un corazón de oro del cual no sólo puede obtener la merced que precisa, sino mucho más. La forma como la pone a prueba nos puede parecer un tanto despectiva. Veamos: La mujer le suplica que sane a su hija porque estaba poseída por un demonio. Dice el evangelio que "Jesús no le contestó una sola palabra", es decir, que no le hizo ningún caso y pasó de largo como si tal cosa. Los discípulos entran en escena y le ruegan al Maestro que la atienda porque venía gritando detrás de ellos. Ciertamente no intercedieron por atención a la señora, sino porque la situación resultaba embarazosa e incómoda.

Pienso que muchos de nosotros por orgullo nos habríamos ido echando pestes, pero esta mujer insistió y volvió a suplicar: "Señor, ayúdame". La respuesta fue totalmente inesperada: "No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos". ¡Esto es el colmo! Si ya había soportado la primera humillación, con estas palabras de Cristo corría el riesgo de perderla, pues con semejante trato lo que provoca es salir corriendo. Por el contrario, la mujer hace gala de una profunda humildad e insiste de nuevo: "Es cierto, Señor, pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos". Entonces Jesús respondió: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas".

Jesús fue llevándola al límite de lo que sabía que podía dar y le concedió no sólo la curación de su hija, sino el don del conocimiento personal de Cristo como el Mesías, que supera cualquier otro don. En este pasaje debemos aprender que Dios siempre nos escucha, aun cuando parece que no nos hace caso. Su aparente indiferencia es ya una merced, pues retardando su respuesta hace que nuestro deseo crezca. Las pruebas no son abandono sino ocasiones para madurar en la fe. Hay que saber confiar que Dios siempre nos da más de lo que esperamos.

twitter.com/jmotaolaurruchi

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