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Los tres efectos de la Eucaristía

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Jesucristo, en la sinagoga de Cafarnaúm, pronunció el discurso sobre la Eucaristía, una de las revelaciones más sorprendentes de todo su ministerio. No es difícil imaginar el rostro de los apóstoles y el de la multitud cuando le oyeron decir: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida" (Jn. 6,51). 

La Eucaristía es un don y un compromiso. Es un don porque se trata del Cuerpo y la Sangre de Cristo, nuestro Señor que se nos ofrece como alimento para comunicarnos la vida de gracia; y al mismo tiempo es un compromiso porque quien recibe la Eucaristía manifiesta públicamente tres cosas:

En primer lugar, la plena comunión con la Iglesia en todo lo que ella nos enseña y practica. Por ser un signo de unidad, no la pueden recibir aquellos que no comulgan con la fe de la Iglesia. Recordemos, por ejemplo, la ocasión en la que el expresidente de los Estados Unidos Bill Clinton asistió a una misa católica en un viaje a África y de repente se acercó a comulgar.

En segundo lugar, quien se acerca a comulgar expresa su compromiso de vivir de acuerdo con el evangelio. Como decía san Pablo, "ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Gal. 2,20). Es un compromiso de dar auténtico testimonio de nuestra fe en el entorno social y familiar. Si una persona recibe la Eucaristía, pero sus obras o sus palabras son ocasión de escándalo o de desedificación, la gracia de Dios que le viene por la comunión la vuelve estéril. En cambio, quien comulga consciente de estar recibiendo a Cristo en su corazón, hace fecunda la gracia de Dios y la acción del Espíritu Santo que se traduce en alegría, paz, armonía, mansedumbre, amabilidad, dominio de sí mismo (Gal. 5,22). 

Finalmente, recibir la comunión es una manifestación de que queremos gozar de Dios en el cielo. "El que come de este pan y bebe de este cáliz, tendrá la vida eterna" (Jn. 6,51). ¿Cómo pretendes tomar parte de Dios en el cielo si jamás quisiste ir a misa ni recibir la gracia santificante que recibimos por medio de los sacramentos? Dios nos da el don de su cuerpo, pero si lo ignoras y muestras que no lo necesitas, ¿con qué cara le dirás el día que te presentes ante Dios que quieres tomar parte de su herencia? El Señor te dirá: "En verdad te digo que no te conozco" (Mt. 25,12).

¡Cuántas veces andamos buscando remedio a nuestros problemas y olvidamos que en la Eucaristía nos encontramos con Dios, quien lleno de gracia y verdad, ordena las costumbres, forma el carácter, alimenta las virtudes, consuela a los afligidos y fortalece a los débiles.

José Manuel Otaolaurruchi, L. C.
twitter.com/jmotaolaurruchi

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