La masacre de las bananeras

La masacre de las bananeras

Lo sucedido la noche del 5 de diciembre de 1928 fue algo que conmocionó al país. 

18 de diciembre 2017 , 12:52 a.m.

La afirmación hecha por la parlamentaria María Fernanda Cabal en el sentido de que la masacre de las bananeras es “un mito de la narrativa comunista” obliga a escribir sobre un hecho histórico que Gabriel García Márquez rescató del olvido al tratarlo en Cien años de soledad. La andanada le costó a la representante a la Cámara una serie de réplicas de varios académicos, que le aclararon que el suceso histórico no era una invención garciamarquiana, sino una realidad histórica. Para desvirtuar la afirmación, la historiadora Leidy J. Torres Cendales publicó en la revista 'Semana' los reportes que el entonces embajador de Estados Unidos en Colombia, Jefferson Caffery, envió al Departamento de Estado sobre los hechos ocurridos entre el 5 y el 6 de diciembre de 1928.

El historiador Albeiro Valencia Llano afirma que con la aprobación, el 30 de octubre de 1928, de la Ley Heroica, el gobierno conservador de Miguel Abadía Méndez contó con las herramientas jurídicas para reprimir la actividad sindical y, al mismo tiempo, perseguir al recién fundado Partido Socialista Revolucionario. Como el orden público estaba turbado, las autoridades necesitaban facultades extraordinarias para reprimir cualquier manifestación de inconformismo de la clase trabajadora. La mencionada ley facultaba al Gobierno para ejercer la represión, y le daba al ejército libertad para solucionar los conflictos sociales. Como los funcionarios públicos “vivían aterrados con el fantasma del comunismo”, tenían que buscar la manera de reprimir la actividad sindical.

Es en este contexto histórico que se produce la masacre de las bananeras. Un mes antes de la aprobación de la ley, los directivos de la United Fruit Company se negaron a recibir a los delegados de los trabajadores para negociar un pliego de peticiones. Para cuidar sus intereses, la empresa prefería la intervención militar. Como los ejecutivos no mostraron interés en el diálogo, el 12 de noviembre los trabajadores declararon la huelga. Valencia Llano sostiene que en las plantaciones de la zona bananera de Ciénaga laboraban cerca de 25.000 recolectores. Ante esta protesta de los trabajadores, que exigían mejores condiciones salariales, el Gobierno ordenó el desplazamiento del Ejército. Al mando del general Carlos Cortés Vargas, el 5 de diciembre, los soldados se tomaron a Ciénaga.

Lo que pasó después es lo que narra García Márquez en su novela. Después de la masacre, José Arcadio Segundo se encerró en el cuarto de Melquíades para contarle al gitano lo que había visto. Fue cuando le dijo: “Debían ser como tres mil”. “¿Qué?”, le preguntó Melquíades. “Los muertos –aclaró él–. Debían ser todos los que estaban en la estación”. García Márquez narra que José Arcadio vio en un sueño que los tres mil trabajadores eran llevados en doscientos vagones para tirarlos al mar. Minutos antes de que un capitán dijera: “Un minuto más y se hará fuego”, José Arcadio Segundo se bajó de los hombros el niño que tenía cargado, y entregándoselo a la mama, gritó: “Cabrones. Les regalamos el minuto que falta”.

En ese momento se inició la balacera. García Márquez dice: “Era como si las ametralladoras hubieran estado cargadas con engañifas de pirotecnia, porque se escuchaba su anhelante tableteo, y se veían sus escupitajos incandescentes”. Sin embargo, aparece aquí ese juego de la imaginación que caracteriza la obra del nobel. Es cuando, al regresar a Macondo después de bajarse del tren donde iban los muertos arrumados como racimos de banano, la gente le dice a José Arcadio Segundo: “Aquí no ha habido muertos”. Aureliano Babilonia confirma la masacre cuando, años después, recuerda que el ejército ametralló a todos los trabajadores que estaban en la estación. El presidente Miguel Abadía Méndez dijo a la prensa que los muertos habían sido doce. Cortés Vargas llegó a decir que fueron 47.

El debate que en el Congreso adelantó Jorge Eliécer Gaitán, responsabilizando al Gobierno de haber ordenado matar a gente indefensa, confirma la gravedad de los hechos que, con un desconocimiento inmenso de la historia, María Fernanda Cabal trata de minimizar. Lo sucedido la noche del 5 de diciembre de 1928 fue algo que conmocionó al país. Tanto que precipitó el derrumbe de la hegemonía conservadora. Aunque la versión oficial señaló que los muertos fueron apenas nueve, y que Raúl Eduardo Mahecha, el líder de la huelga, hablara de doscientos, en el imaginario quedó la cifra que García Márquez presenta en su novela. Cuando, muchos años después, al escritor le preguntaron sobre la veracidad de su dato, contestó: “Yo crecí con la idea de que habían sido miles los muertos”.

JOSÉ MIGUEL ALZATE

Columnistas

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