Beatriz Zuluaga: una voz auténtica

Beatriz Zuluaga: una voz auténtica

En su obra poética, tejida con fina estética, deslumbra el brillo del lenguaje literario.

04 de noviembre 2016 , 05:46 p.m.

Seis libros de poesía publicados enseñan la calidad del lenguaje que utiliza Beatriz Zuluaga para elaborar versos de alto contenido estético. Zuluaga es una poetisa manizaleña doblada de periodista que durante varios años trabajó en este diario.

La ciega esperanza, Este cielo boca abajo, Definiciones, Las vigilias del sueño, Eres eros y A corazón abierto son libros donde se advierte su sensibilidad artística, su preocupación por darles música a las palabras, su interés por escribir poemas donde el lenguaje tenga fina orquestalidad. En la obra poética de esta mujer que escribe con alegría sobre la vida y la muerte, sobre el amor y el desamor, sobre la nostalgia y el silencio, se plantea un acercamiento a los goces íntimos del ser humano.

Para exaltar la preocupación de Zuluaga por escribir poesía en un lenguaje intimista, donde corre como agua fresca el amor, la Universidad de Caldas publicó Si preguntan por mí, una antología con sus mejores poemas. El libro permite un acercamiento a los temas que han apasionado a esta mujer que escribe versos en los cuales aflora un erotismo de exquisita factura. La escritora le da a la palabra dimensión creativa, permitiendo que fluya con dulzura por el poema. En sus versos logra desprenderse de las metáforas obvias para, sin eufemismos, darles a algunos de sus poemas un toque de fino erotismo. Los besos que despiertan la pasión, las caricias que hacen temblar el cuerpo, los roces de la piel que encienden el deseo, están cantados aquí con belleza literaria.

En Si preguntan por mí se advierte una voz que trasciende por sus imprecaciones contra el destino y por el lenguaje decantado que utiliza para cantar sus gozos y sus tristezas. No hay en estos poemas palabras sobrantes. Lo que hay es lirismo en la expresión de la angustia de alguien que, según el poema que da nombre al libro, al salir de la casa le advierte a quien queda adentro que si tocan el portón, diga que salió a cobrar la deuda que tenía con ella la vida. Poemas escritos con desazón interior por alguien que se cansó “de esperar la esperanza”. Aquí, la palabra deja de ser dulce para convertirse en quejido lacerante. Esa angustia se expresa en el poema cuando, después de quebrar la copa contra un espejo, explica que lo hizo porque “necesitaba convertir el vino en sangre”.

En su obra poética, tejida con fina estética, deslumbra el brillo del lenguaje. En este sentido, sus versos están elaborados con la delicadeza con que un alfarero trabaja el barro cuando quiere pulir una pieza perfecta. Maneja la palabra con precisión, sin excesos retóricos, con un pulimento admirable en la elaboración de los versos, tomando del idioma los vocablos precisos para cantar sus alegrías y sus tristezas. Cuando dice “devuélveme la piel que por el alma yo respondo”, está expresando, con una furia contenida, su desolación interior. Y cuando expresa “puedo llorar en una sola lágrima todo el dolor del mundo”, nos recuerda ese verso inmortal de César Vallejo donde dice: “Me han dolido los cuchillos de esta mesa”.

En Si preguntan por mí se descubre la voz auténtica de una mujer que expresa sin miedos su asombro ante la vida. El dolor de la ausencia, la entrega de los cuerpos, la tristeza de un adiós, la sangre de la violencia, todo esto está cantado con una fuerza que causa estremecimientos en el alma. A veces, las palabras pierden su ropaje de dulzura para convertirse en cuchillos que hieren. Una mujer con la garganta llena de silencios, que dice que “en una buhardilla hace nido la rabia de la espera”, que descubre que en los portones agoniza el amor, que busca con qué “secar el llanto de los cristales”, es un ser humano con el alma habitada por un ángel de luz. Su voz, que por momentos parece desolada, encierra el milagro de la palabra hecha belleza.

Beatriz Zuluaga es una mujer que ama los amaneceres despejados, las tardes bañadas de sol, las noches plenas de luceros, el olor de las rosas en el jardín y el canto de los pájaros en la ventana. La conmueve el ruido del agua que corre por las quebradas, el aleteo de las palomas cuando emprenden el vuelo, el “rayo de luz que juega en la azotea” y la sonrisa de los niños cuando brincan en la calle. Por esta razón se queja cuando observa en un parque a esos niños con “barriguitas al aire abultadas en la gravidez del hambre”. Cuando dice “déjame elaborar mi duelo paredes adentro”, está expresando esa tristeza contenida que lleva en el alma por las injusticias que sus ojos han visto. Es como si quisiera convertir en un quejido lo que ha sido su existencia.


José Miguel Alzate

Columnistas

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