Aranzazu: el pueblo de la alegría

Aranzazu: el pueblo de la alegría

Alegría es tener el corazón libre de odios, es tener el alma abierta para brindar sonrisas al transeúnte, es llevar por dentro el ungüento de la reconciliación para sanar las heridas; todo eso lo tiene este pueblo.

11 de noviembre 2016 , 05:49 p.m.

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. Así empieza ese libro que, publicado en 1955, catapultó como escritor a Juan Rulfo. Parafraseando al célebre autor de ‘El llano en llamas’, yo podría decir: vine a Aranzazu porque aquí nacieron mis padres. Esta vez vine buscando la alegría. Sí, así como se lee. Quería recorrer de nuevo las calles del pueblo de mi infancia, para ver en los rostros de la gente esa sonrisa que aflora en los labios cuando les dan el saludo de bienvenida a los hijos ausentes. El motivo era especial: la vigésima cuarta Fiesta de la Cabuya. Todos los que llegamos desde distintas partes de Colombia lo hicimos buscando la diversión, queriendo reencontrarnos con nuestras raíces, anhelando abrazar a los amigos de la infancia.

Hace varios años hice para el canal regional Telecafé una crónica sobre mi pueblo. Entonces dije que Aranzazu era el pueblo de los sueños. Hoy quiero escribir que Aranzazu es también el pueblo de la alegría. Este pedazo de tierra que llevo adherido al alma, que en mis cuentos tiene el nombre de San Rafael de los Vientos, evocando de pronto a ese San Bernardo del Viento donde nació Juan Gossaín, es para mí el territorio de la alegría. ¿Por qué razón? Muy simple: es un municipio caldense donde no hay espacio para la melancolía. Puede que allí se vivan momentos de tristeza cuando se le entrega a la tierra el cuerpo de un ser querido. Sin embargo, lo que le da identidad es la alegría.

¿Cómo se expresa la alegría de un pueblo? En primer lugar, viviendo en paz. Hace también algunos años escribí en una revista que circulaba en el Eje Cafetero que Aranzazu era un remanso de paz. En este pueblo, que duerme sus sueños de grandeza recostado sobre las estribaciones de la cordillera Central, nunca en su historia se ha registrado una masacre, ni se ha sufrido la amenaza de una toma guerrillera ni se ha vivido el dolor del desplazamiento forzado. Es más: pasan años sin que se presenten homicidios. La gente muere, casi siempre, de muerte natural. Las peleas en los bares, que se producen como consecuencia de la ingesta de licor, en este pueblo de clima templado son escasas. Aquí predomina el diálogo civilizado. Es decir, la confrontación ideológica nunca termina en tragedia.

Alegría es tener el corazón libre de odios que pueden conducir a pleitos callejeros, es tener el alma abierta para brindar sonrisas al transeúnte, es llevar por dentro el ungüento de la reconciliación para sanar las heridas. En mi pueblo, Aranzazu, la gente tiene todo esto. César Montoya Ocampo, nuestro escritor mayor, en prosa de encumbrado lirismo escribió: “En Aranzazu todo es alegría: el ala que golpea el aire, sus ráfagas de luz, los amaneceres de ensueño y el sopor cabeceante de los crepúsculos”. En un ambiente como el que el penalista describe se vive la alegría. Ella se expresa en el saludo lleno de afecto que nos da la gente, en la música que llena los sitios de encuentro, en la sonrisa de las niñas con rostro de luna que cruzan por el parque.

¿Por qué razón Aranzazu es el pueblo de la alegría? Porque en las noches las calles se llenan de gente que con su sonrisa transmite optimismo. Porque desde el fondo de los bares sale una música que nos llena el alma de saudades exquisitas. Porque sobre los tejados de las casas con portones de madera, las palomas miran asombradas el azul del cielo. Porque sobre las cuerdas de la luz, los pájaros entonan su canción de invierno. Aranzazu es alegría porque en las Fiestas de la Cabuya todos somos hermanos que nos fundimos en un solo abrazo para expresarle a los turistas que no nos separan las diferencias. Es el pueblo de la alegría porque en las calles las mujeres exhiben la “cascada de su cabellera que se desliza por la ladera sensible de sus espaldas” como preludio de su belleza.

Las Fiestas de la Cabuya que acaban de terminar fueron la oportunidad para consolidar esta característica de mi pueblo. Los aranzacitas que llegamos de toda la geografía nacional nos concentramos en la plaza para escuchar las agrupaciones que con su música transmiten eso: alegría. Quienes apreciamos el desfile central, que recorre las principales calles, nos admiramos de que todo ese montaje artístico que se prepara para entretener a los visitantes es una expresión inmensa de alegría. Ese abrazo emocionado que nos damos en el interior de un café, en una esquina cualquiera o mientras se escucha un cantante en el parque, es una manifestación de esa alegría que se desfoga en torrentes cuando nos encontramos con el amigo de la infancia que hace años no veíamos.


José Miguel Alzate

Columnistas

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