La constituyente y el populismo de Petro

La constituyente y el populismo de Petro

Ninguna constitución debería ser el resultado de la revancha electoral de un caudillo.

10 de marzo 2018 , 12:00 a.m.

El populismo latinoamericano tiene un tufillo que ya nos resulta familiar. Los caudillos populistas de nuestra región son como caricaturas de un ‘modus operandi’ muy parecido, que se reproduce país tras país. En el candidato Gustavo Petro confluyen, con alarmante nitidez, los dos elementos que caracterizan al político populista. En primer lugar, el discurso contra la élite: a pesar de que él mismo ha hecho parte y vivido de esa élite que tanto critica desde que comenzó su carrera política, los términos favoritos en el vocabulario petrista son ‘oligarquía’, ‘mafias’, ‘establecimiento’ y ‘clase política tradicional’. Petro, como tantos otros, es un político ‘antisistema’ que, sin embargo, parasita en él.

En segundo lugar, la idea de que solo él, Petro, es la encarnación del ‘verdadero pueblo’, mientras que los demás candidatos y preferencias políticas no. Con el consecuente antipluralismo, la estigmatización de la oposición y la negativa a reconocerla como legítima. Hace unos días, en respuesta a la etiqueta #HagoMaletasPorSiGanaPetro, que tomó bastante fuerza en Twitter, Petro escribió en su cuenta: “¿Saben quien (sic) dice #HagoMaletasPorSiGanaPetro? El corrupto”. La irresponsable estigmatización de todas las personas que piensan distinto de él como ‘corruptas’ es un rasgo típicamente populista. (A quien quiera profundizar sobre la fisonomía general del populismo, le recomiendo el estupendo libro de Jan-Werner Müller: ‘What is populism?’ (Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 2016).

Pero lo que más preocupa es que Petro ya comenzó a exhibir el plan de reformas que ha caracterizado a todos los proyectos populistas más desastrosos de América Latina en el último cuarto de siglo. Sin entrar a analizar sus disparatadas propuestas económicas (que ameritarían otra columna), Petro ya anunció que apenas llegue al poder quiere hacer una constituyente. Es difícil encontrar, en cualquier plan de gobierno, una peor idea.

Ya anunció que apenas llegue al poder quiere hacer una constituyente. Es difícil encontrar, en cualquier plan de gobierno, una peor idea.

La propuesta de constituyente poselectoral ha estado presente en casi todos los procesos de descomposición institucional, tanto a la izquierda como a la derecha, que ha padecido recientemente Latinoamérica. Alberto Fujimori en Perú (1993), Hugo Chávez en Venezuela (1999), Evo Morales en Bolivia (2007), Rafael Correa en Ecuador (2008) y Daniel Ortega en Nicaragua (2014). Todos estos caudillos tienen en común que una vez llegaron al poder, aprovecharon su popularidad para impulsar procesos constituyentes que culminaron en la redacción de nuevas constituciones, hechas a la medida de sus intereses y que comparten dos peculiaridades: de un lado, el debilitamiento de los mecanismos de ‘horizontal accountability’, en particular el rol de los tribunales constitucionales, para facilitar la aprobación de reformas autoritarias; de otro lado, la autorización de la reelección presidencial inmediata e incluso la extensión del periodo presidencial, como ocurrió con la constituyente de Venezuela en 2009, que amplió de cinco a seis años el mandato de Hugo Chávez.

Las alarmas están encendidas. Esta película de terror ya la vimos. No solo Petro, sino todos los demás candidatos presidenciales deberían comprometerse a que en caso de ganar las elecciones no impulsarán procesos constituyentes en caliente para cambiar a mitad de juego las reglas a su favor. El libro más importante que se ha escrito sobre el constitucionalismo colombiano (‘Cartas de batalla’, de Hernando Valencia Villa) evidencia que las constituciones colombianas de la mayor parte de nuestra vida democrática fueron redactadas como “trofeos de guerra”, que el partido ganador le impuso al derrotado después de elecciones. La Constitución de 1991, fruto del consenso entre diversos segmentos de la sociedad (incluidos algunos grupos guerrilleros desmovilizados), rompió esa malsana tradición que ahora Petro quiere reinstaurar en Colombia.

Jon Elster llegó incluso al extremo de proponer como una de las condiciones ideales para la discusión de nuevos textos constitucionales la “superación” por parte de la asamblea constituyente de intereses de corto plazo o partidistas mediante la prórroga de la entrada en vigor de la nueva Carta por al menos veinte años luego de ser adoptada. Esta precaución forzaría a cada constituyente a abogar por el interés general y “ponerse en el lugar de todo el mundo” (Jon Elster, ‘Deliberation and Constitution making’, en Jon Elster (ed.). Deliberative Democracy. Cambridge: Cambridge University Press, 1998, p. 117).

Aunque esta propuesta ya raya en la utopía, ilustra muy bien la idea de que ninguna constitución debería ser el resultado de la revancha electoral de un caudillo. Aunque no podamos diferir dos décadas la entrada en vigor de una carta política, al menos debemos evitar que las constituciones sean la medalla de guerra de quien ganó unas elecciones.

Desde aquí hago un llamado a que Petro y los demás candidatos presidenciales adquieran dos compromisos con los colombianos antes de la primera vuelta: en primer lugar, no manosear la Constitución del 91 cuando lleguen al poder para ajustarla a su medida. En segundo lugar, que en caso de convocar a una asamblea constituyente sea para reformar temas específicos y, bajo ninguna circunstancia, para autorizar de la reelección presidencial o ampliar la duración del mandato. ¿Se le miden?

JOSÉ FERNANDO FLÓREZ
* Abogado y Ph. D. en Ciencia Política de la Universidad Paris 2 Panthéon-Assas

Columnistas

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