Ricardo Elbio Pavoni fue mi primer ídolo futbolero en la niñez y la adolescencia. El "Chivo" (así le decíamos todos como si fuera nuestro hermano, con esa confianza que da el cariño) fue el mejor lateral izquierdo que vi hasta hoy. Una roca. Y no necesitaba pegar. Claro, si se caldeaba el ambiente y había que cepillar... Fumaba tres cajetillas diarias de cigarrillos, según propia confesión. Listo para entrar al campo encabezando la fila india, como gran capitán que era, daba la última pitada, entraba al césped y a los punteros no los anulaba, ¡se los comía! Hacía ¡Glup! y se engullía un wing derecho. ¡Qué monstruo! ¡Qué fuerza! ¡Qué personalidad!
Mano a mano era imposible pasarlo, entonces intentaban desequilibrarlo con velocidad. Se la tiraban por elevación para el pique del puntero, pero Pavoni se daba vuelta, a la carrera, se contorsionaba en el aire y ¡Pum! Hacía una chilena rotunda y despejaba. Nos la ofrendaba hasta tres veces por partido. Nunca falló, jamás una pifiada. Era una especie de Guillermo Tell futbolero, al rival ni lo despeinaba, y metía un rechazo de cuarenta metros sacando la pelota limpita. El estadio de Independiente estallaba: "¡U-ru-guayo...! ¡U-ru-guayo...!" El gesto técnico, heroico, y el reconocimiento del pueblo. Una contraprestación perfecta, sublime. Ahí no entran elementos abyectos como el dinero.
Con Pavoni descubrí el valor estético de la chilena, acción plena de arrojo, pericia y determinación. Hasta hoy me conmueve una chilena bien ejecutada. Mi sueño reiterado era que jugaba una final del mundo y en el último segundo salvaba un gol de la raya con una volada de esas.
Todos los hinchas del mundo, por televisión, quedábamos extasiados al ver la imágen de Garrincha en esa acción en la cual se paraba frente al marcador, salía corriendo sin la bola y el defensa corría tras él. El Maracaná explotaba de risa, lógico. Luego volvía, tomaba el balón, desbordaba y metía un centro letal o bien un bombazo al aro.
Es difícil explicar a René Houseman, un Charles Chaplin de pantalón corto, también puntero derecho. Mucho más que un ídolo de Huracán, fue el orgullo del club, del barrio. El orgullo es una instancia superior a la idolatría. René venía corriendo a 100 kilómetros por hora y de pronto frenaba en 10 centímetros. Hasta los hinchas pasábamos de largo. Luego ensayaba un zig-zag a toda velocidad eludiendo rivales. René tenía, asimismo, su jugada personal. Cuando lo marcaban dos de frente, se pasaba la pelota de un pie al otro y se la devolvía a él mismo, como si fuese una pared corta: de la derecha a la izquierda, otra vez a la derecha y pasaba entre medio de los dos cancerberos.
La última poesía de Zidane la escribió en Berlín el 9 de julio de 2006, su partido despedida, cuando ejecutó el penal ante Italia picando la pelota. Sólo un superdotado, un gran atrevido puede picar un penal ¡En una final del mundo...! El notable arquero Buffon hizo lo que cualquier mortal: se arrojó hacia un lado. El esférico entró manso, obediente, por el medio del arco, tras impactar el travesaño.
Más o menos hermosas, todas esas peculiares cabriolas son bastante terrenales comparadas con el escorpión, la inmortal pirueta de Higuita patentada en Wembley ante Inglaterra. Si Zidane acapara el rótulo de atrevido, a René debemos considerarlo un inconsciente genial. René es posiblemente uno de los futbolistas más valientes de la historia. Recientemente nos decía un arquero que esa jugada él no podría intentarla siquiera en un entrenamiento. "No me atrevo", dijo. Por miedo físico o temor al ridículo.
Una encuesta inglesa corona al escorpión como la mejor jugada del fútbol. Las encuestas, muchas de ellas, son tendenciosas, parciales y poco serias. ¿Quién vota? ¿Cuántos votan? ¿Quién las organiza? ¿Los resultados son reales? ¿Se realizó verdaderamente la encuesta? No obstante su dudoso origen, la pesquisa puso en el candelero la increíble jugada del arquero. Y la homenajea en su justa medida. Un guardameta tiene menos posibilidades que un jugador de campo de eternizarse con una jugada memorable; esto eleva todavía más su proeza.
Naturalmente, hay diferencias entre lo útil y lo bello. Una chilena puede ser vital para evitar un gol y salvar una derrota. El escorpión no es necesario, el portero puede tomar el balón tranquilamente con las manos. Sin embargo, una acción tan osada retempla el ánimo de un equipo y deja atónito a su rival. Fue lo que hizo Higuita en el recordado choque con Alemania del Mundial del 90. Los Panzer estaban arrasando a Colombia, sumida en el desconcierto.
Hasta que vino una bola larga para la entrada de Klinsmann y cuando todos presagiábamos ya el primer gol, salió Higuita, la paró con el pecho, se la levantó por sobre la cabeza al tanque alemán, eludió a otro bárbaro y salió jugando suave por derecha. Salió el sol para Colombia y comenzó otro partido, a ritmo de vallenato. Tampoco era necesario semejante derroche de clase. En cambio sirvió para aplacar la furia germana y agrandar a los suyos.
La encuesta no es relevante, Higuita sí. Su escorpión espera el bronce; el monumento a la fe del hombre en sí mismo.
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