El clásico planetario, sin indiferentes

El clásico planetario, sin indiferentes

Fue un clásico sin un minuto de James Rodríguez. Le crecen los enanos.

05 de diciembre 2016 , 01:38 a.m.

El que empata en el último minuto es siempre el ganador emocional de un partido. Si además esa igualdad es de visitante y le sirve, como al Real Madrid, para mantener los 6 puntos de ventaja sobre su acérrimo rival, la satisfacción es triple. Después de casi una década, el Madrid llegaba mejor anímicamente al clásico que el Barcelona, más alivianado por los resultados. Y en cierta medida lo confirmó pese al 1 a 1 final: no fue apabullado en el juego por el cuadro catalán como pasó en tantos duelos anteriores. El Barça, hoy, no parece ser tan Barça, y se han recortado distancias solo en el juego respecto al Madrid. Que no mejora en tal sentido, pero consigue resultados y muestra un buen ambiente entre su plantel y Zinedine Zidane. El empate, además, siempre deja insatisfecho al Barça porque se sabe con mayores atributos técnicos.

“Antes, el clásico nuestro era con el Atlético”, decía Alfredo Di Stéfano. Y también los grandes desafíos de resonancia internacional eran Boca-River, Flamengo-Fluminense, Liverpool-Mánchester United, Milán-Inter. Pero, casi invisible como el movimiento de rotación y traslación de la Tierra, el fútbol va cambiando. Ahora el gran choque planetario es Barcelona-Real Madrid. Son los dos equipos más poderosos, animan la liga más fuerte del mundo y tienen a las dos estrellas más brillantes: Messi y Cristiano Ronaldo. También sus camisetas están globalizadas: las lucen los chicos en España, Japón, Noruega, México, Brasil, Nigeria o Indonesia. No es casual, entonces, que monopolicen la audiencia universal.

Es tan alta la tensión en el juego, tan al acecho están ambos contendientes sobre el adversario, que este enfrentamiento casi no necesita belleza en las acciones, es atractivo igual. Siempre deja algo. La pelota se cuida como un tesoro porque una pérdida de balón desata una tormenta en defensa. En la suma, Barcelona hizo un poco más, tuvo 20 minutos de la segunda etapa en los que se pareció al Barça espectáculo de toque, toque y llegada. Neymar primero y Messi después tuvieron el 2-0 en los pies, pero a ambos se les fue afuera el remate. Tampoco el empate está mal. El Madrid no traiciona nunca su grandeza y ataca hasta el último instante, esa ley impuesta por Di Stéfano, siempre cumplida y nunca derogada. Y en el epílogo empató a lo Madrid: mandó seis aviones a sobrevolar el área catalana y llegó el gol del mariscal del aire, Sergio Ramos.

El Madrid tiene dos grandes cabeceadores (Ramos y CR7). El Barça uno (Piqué). Si Piqué iba sobre CR7, a Ramos lo tomaba Mascherano. Lógicamente, ganó Ramos. Mascherano, además, resbaló y el sevillano, una especie de Caballero Rojo, cabeceó al gol. Fue una falla en cadena del Barcelona. Luis Enrique acababa de gritar desde el costado: “Cuidado con las faltas”, consciente del poderío aéreo merengue y de que faltaban solo instantes para caer el telón. Pues bien, sus muchachos le respondieron así: Arda Turan hizo una falta tonta a 40 metros del arco a un jugador que estaba de espaldas a la portería; fueron 5 hombres del Barça a defender contra 6 del Madrid para atacar (siempre debe haber superioridad numérica de la defensa). Mascherano, bajo y de pobre juego de alto, fue a marcar al más extraordinario cabeceador actual del fútbol mundial. Y el inefable arquero Ter Stegen, en lugar de achicar hacia adelante y descolgar el centro, reculó. Resultado: Ramos lo fusiló. Es difícil combinar todo tan mal, en el minuto 90, con el partido ganado y ante el archirrival. El Barça lo consiguió.

Seis puntos de ventaja en la fecha 14 no son definitorios. Es, claro, una situación agradable para el Madrid, aunque no condenatoria para el club catalán. Además, Barcelona ya fue a Sevilla y a Valencia y ganó en ambas plazas; el Real aún debe viajar allí. Pero ambos deben optimizar su funcionamiento. El Barça ha extraviado ya en demasiadas ocasiones su juego de pases, presión y llegadas en masa al arco de enfrente. El Madrid no logra brillar. Es exitoso en resultados apenas. Y así como el azulgrana depende tanto de Messi, el blanco necesita imperiosamente de Modric. El croata no se puede pescar ni un catarro. Si él se lesiona, el Madrid pierde el 40 % de su potencial. Es el gran cerebro que lidera el juego. Y si pensándolo es brillante, ejecutándolo es mejor todavía. Es el mejor volante mixto de este tiempo: buen marcador, eximio conductor, esclarecido organizador.

Barcelona sigue pagando por sus pésimas contrataciones. Tenía a Claudio Bravo, gran arquero, y lo dejó ir para quedarse con Ter Stegen. Se le fue también Dani Alves. Y los que llegan, salvo raras excepciones, no dan la categoría. La buena es el regreso de Iniesta, que estaba para jugar de entrada y no de salida. Iniesta clarifica y puede sintonizar con Messi, Neymar y Suárez.

Fue un clásico sin un minuto de James Rodríguez. Le crecen los enanos a James. Le creció Isco (un ‘10’ como él, hábil, pero menos inteligente y sin su pegada), le crecieron Asensio (zurdo y juega de lo mismo), Lucas Vázquez, ya semititular e indiscutido; Kovacic, que se fue ganando un espacio a fuerza de correr, marcar y de cierto criterio; Casemiro, que ayer volvió de una lesión y salvó la derrota sobre la raya en el minuto 93. Y ahora empieza a crecerle Mariano Díaz, un catalán de padre español y madre dominicana proveniente de las inferiores que, pese a ser delantero neto, ofrece una buena opción de refresco al entrenador. Atención a Mariano: muestra una agresividad ofensiva interesante, es un ‘9’ bravo que, si no espabila Benzemá, cualquier día de estos aparece en el once inicial y la BBC pasa a ser BMC. De modo que la competencia para el ibaguereño es cada vez mayor. Sin Gareth Bale y sin Kroos, James no fue ni el tercer cambio. Eso refleja su actualidad. Siempre fuimos de la idea de que debía quedarse a lucharla en el Madrid. Ahora está claro que cada vez tiene menos posibilidades.

Mucha gente culpa a Zidane de perjudicarlo; sin embargo, Zinedine ha demostrado ser justo con todos. Y ningún técnico va en contra de sus propios intereses. Si un jugador le ofrece soluciones, lo pone. Aparte, ¿por qué querría ensañarse con James…? La que conspira contra él es su escasa dinámica. Si no corrige esa faceta de su juego tendrá problemas en Inglaterra o Italia también. El ‘10’ talentoso y lanzador pero estático no entra en la estructura mental de los estrategas actuales. Como el mundo, el juego también se ha globalizado y todos deben atacar, defender y recorrer grandes tramos de cancha. Hasta el arquero; si se remite solo a tapar bajo los tres palos, queda relegado. Hoy su función es mucho más amplia.

El caso James es similar al de Kun Agüero, un jugador técnicamente exquisito, pero que empieza a jugar cuando le llega la pelota y deja de hacerlo cuando ya no la tiene. Poco después de asumir en el Mánchester City, le preguntaron a Guardiola por Agüero y fue enfático: “No puedes ser brillante cuando, una vez que pierdes el balón, desapareces. Es imposible, y en cambio eso es lo que hace. Debe implicarse también en tareas defensivas”.

“Si yo fuera James, no me iría del Real Madrid”, declaró Zidane. Lo dijo en el sentido de que es un club fascinante, la cima del fútbol, y cuando alguien se va ya no puede volver. Le envió un mensaje: quédate y pelea. Pero pelea… Nadie te da un puesto para que demuestres lo que vales; demuestras lo que vales y te dan un puesto. Para ello debe aprovechar al máximo cada minuto que tenga en cancha. Otro que va perdiendo terreno y ya se refleja en las alineaciones y en los cambios es Benzemá. Se está sacando solo. Y es tan francés y de sangre argelina como Zidane.

JORGE BARRAZA

Columnistas

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