De balón de oro a presidente

De balón de oro a presidente

El futuro de Liberia está hoy en las manos de George Weah, primer futbolista que gobierna un país.

01 de enero 2018 , 01:12 p.m.

George Tawlon Manneh Oppong Ousman Weah, simplemente Weah para el fútbol (se pronuncia Güeá) fue un niño predestinado. Pudo ser uno más de los millones que mueren en África por hambre, epidemias, enfermedades venéreas, guerras civiles, abandono u otras calamidades. Pudo ser como cualquiera de sus doce hermanos, no tocados ellos por la varita invisible de la fortuna. Dado que sus padres no podían más con la prole, se crio con su abuela Emma en Clara Town, uno de los suburbios más pobres de Monrovia, capital de la menesterosa Liberia, lo cual ya es bastante decir. Allí vivió una infancia cruda y una adolescencia turbulenta.

Liberia es una pequeña lengüeta frente al Atlántico, aprisionada entre Sierra Leona, Guinea y Costa de Marfil. Una nación artificial creada por Estados Unidos hace casi dos siglos para enviar a sus esclavos libertos. Allí, en un territorio apenas superior a la mitad de Uruguay, comparten la miseria 4’600.000 personas. La más afortunada de todas ellas, desde que existe esa república, es Weah. Su vida es auténticamente un cuento de hadas.

Lo llamaban simplemente Oppong. La Divina Providencia le dio a Oppong un importante dominio de pelota y un remate furibundo, dos armas futboleras con las cuales es sencillo abrirse paso en la vida; se simplifica el futuro. Y el camino se le marcó solo: sería futbolista. De niño, jugando descalzo en los difíciles barrios de Monrovia, se hizo un nombre. Comenzó con 19 años en el Mighty Barrolle, un cuadro mínimo de la mínima liga liberiana. Siguió en el Once Invencible, ya más reputado, y allí marcó 24 goles en 23 partidos. Como pasa siempre, se propagó el rumor: “Hay un muchacho en Liberia que es bueno bueno...”. Y salió por primera vez del país: recaló en el Tonnerre (Trueno) de Yaundé, capital de Camerún, un país de los más fuertes del continente en cuestiones peloteras. Allí se encontró de nuevo con su amigo, el gol. El destino, su gran aliado, quiso que lo viera Claude Le Roy, entrenador francés que dirigía en ese momento la Selección Camerunesa. Y Le Roy lo recomendó a su amigo Arsene Wenger, el célebre director técnico del Arsenal inglés, quien aún estaba en el Mónaco. Arsene le tomó una prueba, y quedó impactado.

Veinticinco años antes de Radamel Falcao, Weah se convirtió en el número 9 del principado. Wenger lo moldeó y Oppong se manifestó a pleno. Europa empezó a fijar sus ojos en esa pantera que reunía potencia, agilidad, velocidad, buen dominio de balón, gambeta y gol. De allí, el salto al Paris Saint-Germain. Más goles, nuevos títulos y el llamado de Italia, entonces la meca del fútbol. Lo ficha el Milán de Fabio Capello y Arrigo Sacchi, para reemplazar a Marco van Basten. Allí encuentra la consagración mundial y se convierte en el primer y hasta hoy único futbolista africano en recibir el Balón de Oro (1995) de France Football y en Jugador Mundial de la Fifa del mismo año. Chelsea, Manchester City, Olympique de Marsella y Al Jazira completarían su currículum.

Al recibir el premio máximo de la Fifa, en febrero de 1996 (se impuso por amplio margen a Paolo Maldini y el alemán Jürgen Klinsmann), dio algunas muestras de su personalidad. Hizo subir al escenario del Teatro Nacional de Milán a Arsene Wenger y le obsequió la medalla de oro que acababa de recibir: “Fue él quien creó al futbolista que soy hoy. Me enseñó a perseverar, a vivir una vida decente y a jugar en forma leal. Me introdujo en los secretos del fútbol europeo, pero sin olvidar mi origen africano, el cual respetó; me dejó desplegar mi juego”, reconoció.

En ese gesto, en el hecho de que subiera al podio con su hija Jessica, una niña jamaiquina a la que adoptó, y a que nunca renegara de Liberia, empezó a destacar el perfil humano y social de George Weah. En la conferencia posterior a la premiación confesó: “Comienzo a experimentar un sentido de responsabilidad social que me era desconocido hasta hace un par de años”. Corporizó ese costado social financiando un hospital para niños en Monrovia, fundando un club de fútbol con impecables instalaciones para que jugaran muchos jóvenes y así sacarlos de los peligros de la calle; también, una escuela de deportes. Con el tiempo agregaría muchos emprendimientos más.

Volvió a Liberia a ofrendar el Balón de Oro a sus compatriotas, y fue aclamado como un héroe nacional. Jugó 60 partidos en su selección, incluso la sostenía económicamente pese a saber que nunca clasificaría a un Mundial. Durante los casi catorce años que duraron las dos guerras civiles en su país y que costaron 250.000 muertos, vivió en Miami. También pudo quedarse en Inglaterra o en Francia (tiene nacionalidad francesa y estadounidense además de la nativa), pero siempre volvió. Su mente y su corazón estuvieron permanentemente del otro lado del mar, en Liberia. Se involucró en la tempestuosa política liberiana. Intentó llegar a la presidencia en las elecciones de 2005, pero perdió ante Ellen Johnson Sirleaf, primera mujer en gobernar un país africano. Luego se proclamó senador.

El martes último, Oppong Weah se presentó nuevamente a la instancia más alta y ganó las elecciones: es el primer futbolista profesional que se convierte en presidente de un país. Venció con el 61,5 por ciento de los votos, un fuerte respaldo popular para la refundación que debe hacer de la república, devastada por la corrupción, el desempleo (en 2009 rozó el 88 por ciento), la pobreza, la falta de estructuras económicas y el siempre borrascoso clima político. Hay temor: la compañera de fórmula de Weah es Jewel Howard Taylor, exesposa de Charles Taylor, un personaje temible denominado el ‘Señor de la guerra’, que desató la primera guerra civil y hoy cumple 50 años de condena por crímenes de lesa humanidad. También asusta su alianza con Prince Johnson, el sangriento jefe de guerrilla que mató al expresidente Samuel Doe frente a las cámaras de televisión mientras se tomaba una cerveza fresca (las insólitas escenas pueden verse en YouTube). Ahora comenzará otro capítulo de su cinematográfica vida.

El futuro de Liberia está hoy en las manos de George Weah. Ojalá resuelva como lo hacía con los pies, de cara al gol.

JORGE BARRAZA

Columnistas

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